En estos días se celebra en la ciudad de Pamplona el encuentro MAC2. Municipalismo, Autoorganización y Contrapoder, que reúne a cerca de 500 participantes de más de 30 candidaturas municipales y de diferentes movimientos sociales. Este texto pretende aportar una reflexión sobre el proceso de estas candidaturas municipalistas de muchos pueblos y ciudades desde hace tres años.


Aquel mayo de 2015

Sistema de recuento Dowdall. Este fue el método de elección de no pocas candidaturas municipalistas para las elecciones municipales de 2015. El método –además de llevarse algunos titulares de prensa– condensaba la esencia de lo que se ha llamado municipalismo. Si la construcción de los andamiajes básicos de la “nueva política” se había caracterizado por la construcción de sistemas de mayorías arrasadoras e hiperliderazgos masculinos, con el pretexto de que estos eran la única garantía de éxito en la carrera electoral, muchos de los procesos abiertos por ciudades como Zaragoza, Madrid, Pamplona o A Coruña decidieron experimentar con otros medios. Lejos de las denominadas listas plancha o de los repartos de cuotas de poder, las primarias con métodos proporcionales, donde las minorías y la diversidad no quedaban excluidas, significaron un gran paso adelante. Aquel gesto político demostró que existían vías alternativas de construcción de candidaturas en las que la diversidad se consideraba una riqueza. El resultado fueron equipos plurales y heterogéneos capaces de asumir los mismos retos, pero con mayor democracia que los grupos monocolor resultantes de los sistemas de elección mayoritarios (como las listas plancha).

Año y medio después, al considerar los sistemas de primarias proporcionales, destinados a distribuir el poder y no a concentrarlo, podemos decir que aquellos fueron el producto de al menos dos factores. En primer lugar, las candidaturas municipalistas sumaron, al llamado “asalto institucional”, un variado conjunto de movimientos y personas independientes. Estas realidades superaron o contrarrestaron en parte las dinámicas heredadas de los aparatos de partido. El segundo elemento de interés era el arraigo local de estas candidaturas, hechas de la participación de movimientos sociales y actores políticos, sociales y culturales con muchos años de trabajo local a sus espaldas. Se trataba de impedir, como tantas veces sucede, que los grupos municipales se independizaran y autonomizaran del sustrato colectivo que les aupó a las instituciones.

Es cierto que estas dos características se han expresado en grados e intensidades diversas. Pero no cabe duda del sentido político que ha orientado al municipalismo. Participación de actores independientes, vinculación territorial, búsqueda de la diversidad, sistemas proporcionales de primarias, programas participativos, vinculación democrática entre las organizaciones con sus candidaturas y la rendición de cuentas son herramientas que solo han aparecido en el ciclo municipalista y que no han vuelto a ensayarse con posterioridad, al menos no con tanta intensidad.


La feminización de la política. O mejor, políticas feministas

Con cierta perspectiva, e incluso con cierta gracia, podríamos decir que la feminización de la política no nace, sino que se hace. La feminización de la política ha sido una de las líneas maestras que han guiado los debates políticos de los últimos meses. Como punto de partida podemos decir que ha habido avances significativos. En casi todas las candidaturas, se ven muchos rostros de mujeres. En cierto sentido, el nuevo ciclo político se ha desmasculinizado, aun cuando los varones siguen siendo los grandes representantes del momento.

Pero sin obviar lo anterior es necesario destacar, tal y como repite todo el movimiento feminista, que no bastan los rostros de mujeres para determinar una política feminista. Además hay que testar en qué medida se responde a los criterios que con tanto trabajo han desarrollado los movimientos feministas. ¿Qué significa, entonces, la feminización de la política?

La feminización de la política, o mejor, las políticas feministas, afrontan tres grandes retos: la diversidad, la corresponsabilidad y el cuidado. Sabemos que estas tres ideas tienen un impacto demoledor sobre las concepciones clásicas del poder. A ello se añade un cuestionamiento profundo de la representación y el refuerzo de una política centrada en la acción colectiva. Todo ello obliga a rediseñar las líneas básicas de lo político. La cuestión es: ¿ha recogido el municipalismo alguna clave en esta línea? ¿Se puede decir que los movimientos feministas han encontrado en las candidaturas municipalistas un suelo fértil para sus propuestas?

La respuesta a esta pregunta no deja de ser compleja. En la necesidad de empezar a construir desde un punto de partida diferente se encontraron buena parte del municipalismo y de los movimientos feministas. Se trataba de trasladar la lógica de los cuidados al marco político más candente. Con ello no se hacía únicamente referencia a dotar de mayor sensibilidad o amabilidad a los marcos de relación, además se pretendía escapar de las dicotomías entre vencedores y vencidos, de mayorías y minorías, incorporando la política de los cuidados como un hecho diferencial que debería presidir las nuevas formas de construcción colectiva. No obstante, es cierto que muchas de las candidaturas municipalistas han caído en el primado de la concentración de la visibilidad y el poder que son característicos de la política representativa.


Pero, ¿qué puede el municipalismo?

El municipalismo partió de un presupuesto novedoso: no era necesario organizarse en torno a un aparato de partido más o menos tradicional para llevar a cabo el denominado “asalto institucional”. Con mayor o menor fortuna las candidaturas municipalistas, al menos en muchas ciudades, se entendieron como una suerte de federación de iniciativas que podían encontrar puntos en común para trabajar con reglas del juego que respetasen la diversidad. En esta línea iban los elementos ya señalados: sistema Dowdall, programas participativos y la idea de vinculación política y democrática entre quienes llegaban a los cargos de representación y los movimientos que les auparon.

Hoy tenemos la posibilidad de hacer un balance de lo que ha supuesto el choque entre estos nuevos prototipos políticos (herederos en cierta medida de la impugnación quincemayista) y la más cruda realidad institucional. En ese choque hemos aprendido que la institución está diseñada para encerrar cualquier decisión política en los despachos. Este, al fin y al cabo, es el riesgo de la institucionalización, de la “profesionalización la política” en torno a los cargos públicos y de la jerarquía en la toma de decisiones. Como consecuencia de este choque, los procesos colectivos se estiraron, y en muchos casos se rompieron, en su afán de gobernar estructuras profundamente jerárquicas.

Camino de los dos años de gobiernos municipales podemos asegurar que no se supo valorar la fuerza de este “efecto institucionalizador” al comienzo del proceso. Corremos el riesgo de que el proceso se burocratice; se tope de bruces con los mismos problemas que han sufrido muchos movimientos de cambio cuando llegan a las instituciones y que estos se conviertan en algo parecido a un partido. Sin embargo, esta situación hace aún más necesario pensar los modelos de construcción colectiva capaces de disolver este tipo de inercias institucionales. Al igual que ocurre en relación con el feminismo, ¿tiene el municipalismo algún antivirus contra estos riesgos?

Ya hemos señalado la importancia de que las candidaturas municipalistas se constituyeran como una federación de iniciativas. Con ello se daba cabida a una enorme diversidad de procesos sociales y políticos, al tiempo que se lograba conjurar las estructuras centralizadas de partido. Lo que desde otros puntos de vista podría interpretarse como una debilidad, desde nuestro punto de vista se ha demostrado como una virtud y como una oportunidad. Con todo, la llegada a las instituciones ha provocado que buena parte de las fuerzas sociales que hicieron posible la formación de las candidaturas se haya separado progresivamente de la realidad institucional. Aquí reside el verdadero nudo gordiano del dilema municipalista.

A día de hoy, el entorno a las candidaturas municipalistas no ha acabado de cuajar en un movimiento potente y vivo. Las causas de esta falta de fuerzas son múltiples. Una parte se explica por el propio esfuerzo colectivo que supuso tomar posiciones institucionales, también por la dispersión que siguió a este esfuerzo. Seguramente también tenga algo que ver la falta de organización de aquello que denominamos movimiento municipalista. No obstante, creemos que el corazón del problema está en otro lugar. La cuestión está en cómo nuevos procesos de conflicto pueden llegar a articular movimientos sociales capaces de resignificar la participación institucional, desbordar sus lógicas y reubicar los problemas fuera del campo político instituido. Al fin y al cabo, estar en la institución sirve si somos utilizados como correa de transmisión de un amplio movimiento de cambio. Y para ello la prioridad está precisamente en pensar, reforzar y articular las estructuras de este movimiento, para poder así desbordar los marcos de lo posible.


http://www.eldiario.es/tribunaabierta/municipalismo-Feminizacion-politica-radicalizacion-democratica_6_603399694.html