¿Quién es el sujeto del municipalismo? ¿Los movimientos, los representantes electos, la ciudadanía? La cuestión del sujeto político atañe no solo a individuos particulares o a grupos de individuos, sino también al devenir alegre de un sujeto colectivo. ¿Qué tipo de devenires implica el municipalismo? Más allá de la ciudadanía tal y como es definida por la burguesía y el Estado, ¿cómo puede el municipalismo poner en primer plano de su política otra forma de sujeto? Antes que buenas políticas, esto precisa de un hackeo corpóreo y subjetivo que sea capaz de dar paso a devenires que vayan más allá de la ciudad en tanto que Burg del Bürger. Esto tiene mucho más que ver con la micropolítica y el cuidado de cuanto podamos pensar.


Un nuevo juego: el municipalismo

Más allá del estruendo electoral, los procesos municipalistas en España distan mucho de haber sido fáciles o sencillos. Antes bien, presentan una complejidad asombrosa, y a menudo no están exentos de dureza. Las lecciones que cabe aprender van formulándose poco a poco (son numerosas y distintas), a medida que entramos en una especie de tercera fase en lo que atañe a los proyectos municipalistas. Tras un año de campañas electorales –llenas de promesas, entusiasmo, posibilidad, solidaridad, activación y empoderamiento1 – el siguiente fue un año empleado en entrar y hacerse con las riendas del gobierno –marcado por una vertiginosa curva de aprendizaje, por reorganizaciones y recomposiciones de las fuerzas sociales e institucionales, así como por una buena cantidad de prioridades electorales (las elecciones autonómicas de 2015 en 2015 y dos elecciones generales en 2016).

Ahora que ha terminado ese ciclo electoral2, se presenta por delante un periodo de consolidación y maduración. Llega una fase en la que las acciones y las políticas empiezan a surtir efecto, donde los hábitos y las estrategias empiezan a cobrar forma y el debate público crítico madura. Las dinámicas del municipalismo han implicado por igual la vida cotidiana en la ciudad, los movimientos sociales y los nuevos actores institucionales, aunque con diferentes grados de intensidad y desde ángulos diferentes. En las calles y en las instituciones municipales hay un nuevo conjunto de discursos y enfoques que configuran la ciudad; entre las bases en las calles, barrios e instituciones hay una compleja relación de afinidad, tensión y contradicción; en los propios pasillos del poder y en las nuevas organizaciones que se han formado (tales como Barcelona en Comú, que es la que mejor conozco), hay nuevas lógicas del poder, el conocimiento y las relaciones sociales con las que hay que lidiar, que atañen al partido y a la institución.

Todo esto significa una potente reestructuración del paisaje social y político de las ciudades, a cuyo través han surgido nuevas alianzas, rupturas, espacios y ritmos. Tras dos años de esta dinámica, muchas posibilidades, posiciones y límites han podido ganar en claridad. El desafío que aquí se presenta, como sucede con los procesos políticos más vivaces y complejos, consiste en encontrar maneras de abordarlos que no dependan en exceso de la reducción de la complejidad. Más allá de la crítica pura y dura desde fuera, o de las legitimaciones defensivas y autolaudatorias desde dentro de las instituciones, ha llegado el momento de pensar a partir de los márgenes y de las líneas de falla del municipalismo. Es ahí donde el cuidado y la producción de subjetividad se vuelven posibles.

Escribiendo sobre la situación en Argentina tras los gobiernos Kirchner –otra fase distinta de los procesos electorales– Diego Sztulwark formula la necesidad de un “cuidado de la crítica y de los devenires”. Aunque el momento de decepción y de contragolpe reaccionario exigen herramientas y conceptos distintos de los de la fase municipalista actual, la cuestión del cuidado y el devenir es apropiada en todos esos ámbitos. “El concepto de izquierda, en términos micropolíticos, solamente sirve para los devenires, decía [Deleuze]. Los devenires precisan cuidados”3.


El juego, la pelota y las subjetividades municipalistas

Después de que la fase electoral reuniera a tantas personas en las ciudades de toda España, ¿qué cambios en la subjetividad y la colectividad se han hecho y se están haciendo posibles? Esta cuestión no es un aspecto secundario, sino que es de hecho la cuestión central que hace que los municipalismos presenten mayor interés que el que ofrecerían si tan solo fueran reformismos radicales. El papel del barrio y de las asambleas temáticas (conocidas como “ejes”), en tanto que centro neurálgico de encuentro, debate y propuesta, es una parte vital de esa cuestión en los proyectos municipalistas. En la fase de campaña, fueron las fuerzas motrices del pensamiento y el devenir colectivos, pero en la fase de la gobernanza su papel dejó de estar claro. ¿Cómo pensar sobre los agentes y los sujetos del municipalismo, en sus diferentes fases?

Brian Massumi tiene algunas hipótesis sobre la economía política de la pertenencia que vale la pena compartir aquí4. Si buscamos el sujeto de un partido de fútbol, observa, nos sorprenderíamos al saber que no son los jugadores. El sujeto, aquello en torno a lo cual cristaliza tendencialmente el movimiento, es sobre todo la pelota. Los diferentes jugadores se componen con ella por momentos, pero es la pelota lo que cataliza y anima el juego. Los jugadores, lejos de actuar conscientemente, están atrapados en una dinámica relacional polarizada entre dos metas. “La pelota mueve a los jugadores. El jugador es el objeto de la pelota [...] Cuando la pelota se mueve, todo el juego se mueve con ella. Su desplazamiento es más que un movimiento local: es un acontecimiento global”. Este movimiento-acción colectivo dista de ser consciente, es inmanente y reflexivo y está relacionalmente en devenir, siguiendo el tirón de las metas y por ende el potencial de sacar buenos resultados.

El sujeto está donde el movimiento se despliega, no donde se trazan los planos. El sujeto es aquello alrededor de lo cual sucede el devenir, con todo tipo de sujetos y fuerzas parciales que actúan sobre el mismo. En este sentido, el municipalismo es la pelota municipalista que ha animado a miles de personas a convertir la ciudad de Barcelona en un campo de juego, polarizado entre dos metas –FC “casta” v. FC “comú”– y a empeñarse en ganar. “Guanyem Barcelona” fue el primer nombre de la plataforma municipal en Barcelona y puso en el campo de juego social una enorme pelota, con el propósito de “recuperar la ciudad”. Por un lado, las viejas elites corruptas, la casta, la política del privilegio. Por otro lado, la “gente común”, o la gente que defiende el bien común, un nuevo equipo que creció exponencialmente, dotado de recursos humanos, energías, ideas.

Un juego que creó un vasto proceso de movimiento colectivo en el ámbito de la ciudad. Miles de personas corrieron, chutaron, defendieron, vieron y comentaron durante la campaña electoral. El hecho de que el equipo terminara llamándose “Barcelona en Comú”, en un proceso de confluencia con otros partidos, fue percibido incluso como una ampliación del campo de juego. El nombre del juego era “municipalismo”, y sus sujetos eran muchos y nunca soberanos. Una figura, una humilde mascota-santa llamada Ada Colau, les encabezaba. Lo que se produjo fue un gran sentimiento de pertenencia; algo había crecido entre cientos y miles de personas, algo de ellas: hicieron realidad la victoria electoral mediante asambleas, discusiones, campañas. “En el devenir está la pertenencia”, dice Massumi: Barcelona en Comú fue algo que les pertenecía y a lo que pertenecían. Había nacido un potente sujeto colectivo, sin una identidad clara pero lleno de animación.

Con la victoria electoral, la pelota entró en el ayuntamiento. ¿Seguía siendo el mismo juego? ¿Cómo podía jugarse en las calles? En las instituciones, el problema era que las estrellas del juego consiguieran manejar con virtuosismo el proyecto municipalista para conseguir que este sobreviviera. La lucha sigue en vilo, pero el sujeto del juego pasó de ese común salvaje y difuso a un conjunto de agentes mucho más concreto. De esta suerte, la pregunta por el sujeto del juego municipalista, por el a quién pertenece y quién pertenece al mismo o, en palabras de Massumi, la pregunta por el quién es aquello en torno a lo cual el movimiento se despliega tendencialmente, volvió a plantearse en el horizonte. La idea siempre fue la de subvertir la dinámica del gobierno basada en la dualidad sujeto-objeto, la de “gobernar obedeciendo”, pero la verdad es que el campo de juego institucional no funciona como el de las calles y las plazas. Sus reglas son sólidas, y sus jugadores están rígidamente jerarquizados...

Massumi ofrece un punto de vista interesante sobre el modo en que cambian las reglas de un juego como el fútbol: gracias a los estilos mismos de sus jugadores, que encuentran modos singulares de subvertir las reglas, movilizando el entusiasmo y habitando las reglas de tal manera que subvierten el poder del árbitro. El cambio acontece a través de los cuerpos y de las relaciones entre jugadores, junto con la fuerza del público. Acontece encarnando algo que puede subvertir las reglas dadas, cuando se juega con ellas desde dentro.

De esta suerte, la expresión “revolución” municipal es poco apropiada, toda vez que a priori el juego sigue siendo el mismo –los mismos despachos en los mismos viejos consistorios, las mismas divisiones del trabajo y de la decisión, las mismas leyes que hay que obedecer, los mismos medios de comunicación a los que hay que responder –pero los jugadores cambian… Entrando en las instituciones, lo que puede hacer Barcelona en Comú –como un conjunto de cargos electos vinculados a un partido– es renombrar y reestructurar departamentos, inventar nuevos roles, responsabilidades, formas de consulta y diálogo para que el juego mismo cambie un poco. Las maneras de encarnar, el estilo y los tipos de relaciones que caracterizan este proceso marcan una diferencia considerable.

Con su victoria, Barcelona en Comú también puso en juego una pelota entre diferentes ciudades para, tal vez, construir un equipo campeón de ciudades internacionales –el horizonte político más prometedor en un momento en el que, en el ámbito de los Estados y de la UE, el juego ha terminado sometido al bloqueo y a la reacción. La creación de esa red internacional se vio espoleada por el renombre del movimiento 15M, el FC Barcelona y la imagen de la ciudad innovadora, así como por el orgullo catalán.


La institución… el poder atraviesa el cuerpo

La exaltación municipalista produce ecos, pero en la propia ciudad también cambió de tonalidad y de fase. Más allá de la nostalgia o de la pureza, la pregunta que se plantea es cómo pensar y habitar esta nueva situación. Que tiene mucho que ver con la astucia macropolítica, pero también tiene que ver con las relaciones y los cuerpos. La cuestión del devenir atraviesa el cuerpo, y aquí importa mucho cómo las instituciones (y los partidos) amoldan las personas y los grupos a sus códigos. Resistirse a ese amoldamiento es muy difícil, puesto que exige encontrar modos heterodoxos de habitar y encarnar relaciones de poder. Esa encarnación tal vez sea el trabajo social y psicosomático más difícil, como podemos advertir cuando Ada Colau relata, en la película Alcaldessa, el proceso por el que se transformó de activista en alcaldesa. Contando cómo se convirtió en una imagen, abstraída o duplicada a partir de su propio cuerpo y su propia vida, vemos lágrimas, risas perplejas, silencios. Emociones y situaciones complejas. Determinadas maneras de estar y hablar con los demás se vuelven imposibles. El tiempo es escaso y los ritmos están determinados por agendas gestionadas por otros, sobredeterminadas además por los ciclos electorales.

Nadie tiene exactamente el tiempo para hablar de los efectos encarnados y de los efectos psíquicos del ingreso en la política institucional y de partido, pero no estamos ante aspectos secundarios del poder. Estos cambios corpóreo-relacionales no solo son síntomas, sino que son de suyo campos de juego de poderes, que condicionan el arco de maniobras posibles, lo que pueden los cuerpos.

“Si no puedo llorar en ella, no es mi revolución”, dijo un amigo de Barcelona en Comú en una sesión informativa colectiva con movimientos y personas que trabajan cerca de las instituciones. ¿Cómo van a cuidar de sí mismos y de los demás aquellos/as que tienen el aura del poder, cómo van a cuidar de ellos quienes están fuera? El cuidado precisa de tiempo: del mismo modo que no conviene acunar deprisa a un bebé, no se puede tratar con experiencias, afectos y relaciones complejas con una eficiencia taylorista. Hacen falta procesos lentos de detección y escucha –de atención en cuerpo y alma– para encontrar articulaciones, gestos y arreglos de los que pueden servirse cuerpos y sujetos. En este sentido, poner el cuidado en primer lugar se traduce en las muchas conversaciones –íntimas y públicas, individuales y colectivas– que permiten que los límites y las posibilidades del municipalismo se aborden con modalidades encarnadas.

Parece como si la única manera de habitar de manera sostenible las instituciones políticas existentes fuera el cinismo. Los despachos del poder están diseñados como un espacio masculino, para personas sin necesidades ni responsabilidades de cuidados, preparados para dedicarlo todo al trabajo político. Las amistades y la vida familiar son un sueño del pasado, al igual que el cuidado y el autocuidado. La participación en conversaciones y debates que vayan más allá de las interminables consideraciones tácticas y estratégicas se hace difícil. A través de los altibajos del juego político, a menudo hacen falta dosis de falso entusiasmo y de puro voluntarismo para salir adelante. El sujeto ideal de esos espacios son los jóvenes hambrientos de poder de Ciudadanos en el centro derecha español: sus cuerpos de gimnasio, cocaína y caviar, empapados del ideal empresarial y de la competitividad, con sus trajes y conjuntos de moda planchados por otros.

Para muchos de los municipalistas que habitan el ayuntamiento, lo más frustrante es que se malinterprete su relación con el poder. “No tenemos poder, tan solo gestionamos una parte del mismo” –estar metidos en el gobierno suele suponer que se es un esclavo del poder antes que un soberano. Las decisiones se toman mediante dispositivos complicados, mediante maniobras incesantes que a menudo se limitan a reaccionar en vez de iniciar, en relación con actores que suelen permanecer invisibles e impermeables. ¿Cómo pensar la gobernanza más allá de la fantasía de ser soberano? Se están poniendo a prueba respuestas e hipótesis a este respecto. Sin duda, tener en cuenta el aspecto encarnado y relacional del acto de gobernar es una parte de la respuesta.


¿Ciudadanos? El sujeto político en tanto que (re)producido por la institución

En el ámbito del sujeto particular, ya se sabe que los varones blancos y con propiedades han tendido a definir el horizonte de lo político durante siglos. Ellos establecieron las normas, construyeron el campo de juego y las tribunas, nombraron a los árbitros, acuñaron los términos y marcaron el tempo del juego político. Barcelona en Comú parte de un sólida ética feminista y de una conexión con las clases trabajadoras (“clase popular” o “el pueblo”, “la gente normal” o “la gente común”, son los términos que utilizan). Desde luego, la “feminización de la política” y el desalojo de “la casta” de las instituciones no termina con la elección de una alcaldesa nacida en una familia de clase trabajadora, pero también significa cambiar las formas de hacer política para dirigirse a las mujeres, las y los trabajadores y las personas pobres o precarias, a las y los migrantes.

“Si tenemos el poder de imaginar otra ciudad, también podemos transformarla”, es uno de los lemas fundamentales de Barcelona en Comú. La cuestión de imaginar un gobierno de los comunes no consiste en tener una mujer, un/a proletario/a o una persona no blanca en el gobierno, sino que consiste en que las formas y preguntas mismas de la política puedan dirigirse a otro tipo de sujeto. Más allá de la política electoral de la identidad, tiene que haber cuerpos que sean afectados por diferentes fuerzas –y por ende por diferentes dinámicas de raza, clase, género. Esto atañe tanto a los sujetos parciales dentro de la institución (los que “representan”) como a los cuerpos que están fuera, en tanto que coparticipantes en el juego.

La fórmula fundamental del sujeto político es el “ciudadano”. Desde los tiempos pretéritos de las ciudades, la ciudadanía estaba limitada a algunos, as saber, los Buerger/Bürger, la burguesía. Podían entrar y salir, detentaban derechos y pagaban impuestos. En cuanto tal, en diferentes momentos de la historia, toda ciudad tenía sus forasteros y sus sujetos normativos: en la antigua polis griega, la ciudadanía correspondía a los varones blancos libres. Las mujeres, los campesinos, esclavos, metecos, mercenarios, invasores y comerciantes eran sus forasteros constitutivos, que impugnaban y subvertían la ciudadanía generando diferentes tipos de acceso para sí mismos. El libro de Engin Isin, Being Political, habla de la genealogía de la ciudadanía desde la Antigüedad, sobre quiénes eran considerados sujetos políticos en diferentes tipos de ciudades. Isin describe la ciudad como una máquina de diferencia – un espacio complejo marcado por estrategias de solidaridad, agonistas y antagonistas que definen cómo los extranjeros son producidos en la ciudad, cómo son producidos los de fuera y los de dentro.

Hoy, aunque la genealogía de la ciudadanía apunta a la antigua polis, el sujeto “normal” de la política se define principalmente a través del Estado –que concede pasaportes y monitoriza la actividad económica– y se denomina “clase media”, presentada como un conjunto de buenos consumidores que pagan sus impuestos. Siguiendo a Isin, podemos decir que, postulando sus sujetos a través del lenguaje, Barcelona en Comú seguía diferentes estrategias de solidaridad (comú; todas/todos); agonistas (gente normal/común; la ciudadanía; veïns) así como estrategias antagonistas (contra el 1%, la casta, la clase política). En su composición como una organización o movimiento electoral, Barcelona en Comú se basa en la clase media desencantada y el precariado (donde el precariado es sobre todo una generación de personas jóvenes a las que les han sido negadas las experiencias que les habían sido prometidas, principalmente la propiedad o un empleo estable) así como la clase trabajadora local. Los primeros son sus votantes, pero también sus agentes activos en las campañas, en la elaboración de las propuestas y en la organización; los últimos son sobre todo su electorado.

En el discurso oficial de Barcelona en Comú, la expresión “la ciudadanía” no hace referencia necesariamente a aquellas personas que son titulares de la ciudadanía, aunque etimológica y fonológicamente aluda a ellas. Muchos asocian “ciudadanía” con “papeles” o con las oficinas del Estado que los tramitan. “Ciudadanía” es el nombre que reciben en español muchos de los despachos administrativos que conceden la residencia y la nacionalidad, una palabra que quema los oídos de las y los migrantes con recuerdos amargos de humillación, rechazo, ansiedad. “Ciudadanía” es también una manera de referirse a los ciudadanos que goza de mucho predicamento en algunos discursos políticos. Las nuevas plataformas municipalistas también interpelan a veces a sus sujetos, a los gobernados, con esta palabra –que expresada en catalán no produce esa quemazón. Por añadidura, la etimología del término es inextricable de la clase, de la burguesía en el sentido histórico (entre la aristocracia y la plebe), el Bürger, aquellos a quienes cuyos orígenes clánicos y de clase les garantizan el acceso a la ciudad y a sus espacios de derechos.

Pero resulta, como muestra la lucha de los vendedores ambulantes en Barcelona (la mayoría de los cuales no tiene papeles y por ende carece de licencia, y venden productos falsificados), que la construcción de un “nosotros” urbano inclusivo que vaya más allá de las poblaciones blancas locales es más difícil de lo que se imaginaba. No solo hay un verdadero límite para ir más allá de la solidaridad de clase dentro de las poblaciones locales y blancas, sino que hay también una tensión en el modo en que se promulga y se representa la solidaridad: la campaña de acogida a los refugiados (Ciutat Refugi5) insistía en su propia presentación en la necesidad de acoger a las y los refugiados, pero no fue capaz de articularla con un apoyo concreto a las poblaciones migrantes existentes en la ciudad. Una imagen de las y los refugiados como víctimas buenas y nobles y de las y los migrantes sin papeles como oportunistas ingobernables y lamentables se vio reforzada en vez de verse disuelta, nutriendo los estereotipos y las prácticas criminalizadoras de la derecha.

Aunque Ciutat Refugi fue un digno experimento de afirmación del poder municipal frente al central (donde la ciudad presiona al Estado central para que permita la llegada de refugiados, apoyándose en sus competencias en materia de inmigración y de control de fronteras), produjo una reacción negativa en el ámbito local. El equilibrio entre el hackeo del sujeto político en el ámbito de la ciudad y la afirmación de la autonomía municipal es delicado. No sirve de mucho afirmar la soberanía municipal (que forma parte del habitus de los movimientos independentistas catalanes) cuando al mismo tiempo el sujeto de la política sigue siendo el mismo –este tipo de comú sigue limitándose a lo más o menos autóctono, blanco, más o menos “civil” (donde esto último está estrechamente ligado a los impulsos de caridad indignada que han caracterizado a algunas campañas en favor de las y los refugiados, mientras disculpaban los discursos criminalizadores y racistas respecto a las y los migrantes sin papeles, que además resultaban ser de piel más oscura).

Así, pues, la tensión inherente al término “ciudadanía” es sintomática de las luchas por la definición de lo que probablemente caracterizará la fase actual, postelectoral, del gobierno municipal. Las instituciones tienen el poder de definir sus sujetos, y aunque a día de hoy las instituciones municipales no tienen mucha capacidad legal de influir en la cuestión de la ciudadanía, toda vez que es el gobierno central el que la concede y la controla, sigue habiendo muchos caminos secundarios para redefinir la ciudadanía a través de la ciudad. Si un proyecto municipal puede subvertir el código en el que estaba escrito el ciudadano “normal” –y estaba escrito en la ciudad, la polis, la civitas, la cristianópolis– entonces puede ser algo más que un audaz proyecto de reforma.

 

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1 Cfr. Zechner, Manuela (2015) “Barcelona en Comú: The city as Horizon for radical Democracy”. Roarmag online: https://roarmag.org/essays/barcelona-en-comu-guanyem/

2 O tal era la impresión cuando este texto fue escrito, en el verano de 2016.

3 Cfr. Zechner, Manuela (2015) “Barcelona en Comú: The city as Horizon for radical Democracy”; Diego Sztulwark (2016), “Micropolíticas neoliberales, subjetividades de la crisis y amistad política (o por qué necesitamos criticar al kirchnerismo para combatir al macrismo)”, Blog Anarquía Coronada: http://anarquiacoronada.blogspot.hr/2016/05/micropoliticas-neoliberales.html

4 Brian Massumi (2002), “The political economy of belonging”, Parables for the Virtual, Duke, Duke University Press.