03 2018

Dividendo

Gerald Raunig

Traducción de Raúl Sánchez Cedillo

Ritornelo 6, 2006-2008. Mil máquinas.

[: La narrativa del devenir-máquina de la persona como pura modificación técnica deja a un lado lo maquínico, tanto en su implementación crítica en la civilización como en su tendencia eufórica. Ya no se trataría de un enfrentamiento entre la persona y la máquina, de las posibles o imposibles correspondencias, prolongaciones y sustituciones de una por otra, de relaciones de semejanza y de referencias metafóricas siempre nuevas entre personas y máquinas, sino más bien de concatenaciones, de cómo el ser humano deviene una pieza con la máquina o con otras cosas para constituir una máquina. Las “otras cosas” pueden ser animales, herramientas, otras personas, enunciados, signos o deseos, pero sólo devienen máquina en un proceso de intercambio, no en el paradigma de la sustitución. Según Guattari, la característica principal de la máquina es el fluir de sus componentes: toda extensión o sustitución sería una no comunicación, mientras que la cualidad de la máquina es exactamente la opuesta, a saber, la de la comunicación, la del intercambio. A diferencia de la estructura, que tiende a la clausura, lo maquínico corresponde a una praxis de co-nexión tendencialmente permanente.

La servidumbre maquínica, que conduce a los modos de subjetivación más allá de la sujeción social, es la cara oculta gubernamental de la potencialidad incluso de medios de comunicación avanzados. La de-pendencia de las máquinas se ve multiplicada en el continuo en-gancharse a las máquinas, en el quedarse colgado de las máquinas, en el estar enganchado a ellas. El gran arte de la servidumbre maquínica entrelaza una vida online permanente con el imperativo del aprendizaje para toda la vida y la fusión indisoluble entre los negocios y los afectos. Las corrientes de deseo de los enganches ubicuos generan nuevas formas de dependencia, que hacen que la penetración material de la máquina técnica en el cuerpo humano aparezca tan sólo como un escenario pavoroso secundario. Y sin embargo, las máquinas deseantes no son tan sólo herramientas de la servidumbre maquínica: las ventajas menores del uso resistente de las nuevas máquinas abstractas y difusas en dispersión no están en modo alguno sobrecodificadas de antemano.

Concatenaciones de máquinas sin cadenas, vinculadas por la ausencia de todo vínculo :]


Capitalismo y máquina

El capitalismo maquínico no significa una nueva fase del capitalismo, una nueva “era de la máquina”, un eslabón adicional en la secuencia del capitalismo industrial y postindustrial, fordista y postfordista o del liberalismo y el neoliberalismo. Lo maquínico es una categoría que acompaña y atraviesa el capitalismo en sus distintas configuraciones y que asimismo resulta útil para distinguir históricamente esas diferentes formas. Del Frankenstein de Mary Shelley, pasando por el fragmento sobre las máquinas marxiano, hasta el apéndice del Anti-Edipo, aparecen interpretaciones siempre nuevas de lo maquínico, pero no en el sentido de que los humanos determinen los aparatos técnicos o los aparatos determinen a los humanos. Lo maquínico cambia con las mutaciones del capitalismo, se adapta, se deforma a sí mismo, y  forma a su vez su entorno.

En su “Post-scriptum sobre las sociedades de control”, Gilles Deleuze explica esas mutaciones de la máquina y del capitalismo como una disposición en tres etapas: las sociedades de soberanía combinan palancas, poleas y relojes con el gobierno soberano de los sujetos; las sociedades disciplinarias combinan aparatos energéticos con el encierro de los sujetos; y las sociedades de control operan con “máquinas de tercer tipo”[1] y modos de subjetivación que más que nunca pueden ser llamados de servidumbre maquínica. Este esquema no ha de entenderse como una secuencia lineal, tecnodeterminista o incluso teológica, sino más bien como una acumulación irregular de distintos tipos de sociedades, que hoy se solapan y modulan lo maquínico de maneras siempre nuevas con los desarrollos más recientes de la logística y de la programación de algoritmos, de la minería y el análisis de datos, de las redes sociales y de los derivados financieros.

Los “coches sin conductor” son sin duda aparatos técnicos, pero principalmente son máquinas. En la formulación tautológica del automóvil sin conductor hay una insistencia casi desesperada en la posibilidad mágica del automovimiento. Sin embargo, lo que maquiniza la relación entre los cuerpos-máquina, las cosas-máquina y las máquinas sociales, también en el tráfico de carretera, es ante todo el intercambio, la comunicación, la conexión mediante corrientes (de datos), tráfico (de datos). No obstante, las personas seguirán teniendo el sentimiento de conducir soberanamente (por ejemplo, cuando introducen uno de los cuatro y medio destinos que, como promedio, aspiran a alcanzar cada día), pero, al mismo tiempo, dentro mismo del tracking maquínico todo se conduce y se conforma a sí mismo, ya sea cosa, ser humano o relación social: ya no hay encierro, sino autoconducción de todos los componentes en un medio abierto, moviéndose uno tras otro con la mayor elegancia posible y, dependiendo de la identificación de la cosa individual (desde la matrícula del coche, pasando por el reconocimiento facial maquínico de sus ocupantes, hasta los movimientos masivos de distintos vehículos), obedecen a una multiplicidad de aperturas y cierres.

El concepto de capitalismo maquínico[2], que no indica una nueva fase del capitalismo, sino una importancia creciente de lo maquínico en el capitalismo contemporáneo, no implica una versión adicional de la preferencia dicotómica dada a los objetos (por encima de los sujetos), a los animales (por encima de los humanos), a las materialidades (por encima de lo inmaterial), a los realismos (por encima de los discursos). Antes bien, atañe a los flujos que pasan a través de esas dicotomías y de las cosas sueltas —flujos de datos, corrientes, deseos, devenires, medios, relaciones de danza, el entre de la socialidad dividual.

Devenir máquina de los dispositivos, aparatos, equipos: cuando los aparatos técnicos entran en juego, nunca se limitan a ser aparatos técnicos, sino que son más bien componentes de la relación maquínica. A este respecto, la idea de la máquina que invade al ser humano ya es errónea: los marcapasos cardíacos o cerebrales, por ejemplo, son más que aparatos técnicos, elementos extraños no humanos que convierten al ser humano en una máquina; una pulsera electrónica es más que un sustituto de los muros de la prisión; los chips para localizar a los animales son más que las correas para perros de la sociedad de control. El human enhancement es más que la mejora de los seres humanos mediante artefactos técnicos, prótesis, implantes, interfaces neuronales, operaciones y sustancias. En todos estos ejemplos, lo maquínico no es tan sólo un medio usado por los humanos, sino una configuración relacional específica, y ante todo una relación de enganche.

En muchas situaciones no parece tanto que las máquinas estén penetrando en los seres humanos, sino más bien que los humanos se ven arrastrados “dentro de la máquina”. No sólo dependo de una “máquina” que me es exterior, que me vigila y me subordina, sino que también quiero formar parte de la máquina, engancharme a ella. En este sentido, la servidumbre maquínica es completamente distinta de la subyugación a la máquina. Sin duda, el tirón de las máquinas, su atracción, ha traído consigo nuevos deseos corpóreos, nuevas relaciones de enganche, de estriado y de envoltura. El tamaño material no tiene nada que ver con esto: ya se trate de un pequeño teléfono móvil o de las capacidades ampliadas de la NSA —lo que importa es engancharse a las redes, las nubes, las máquinas. Engancharse a la máquina significa también ser dependiente de la máquina. El deseo de estar online, por ejemplo, presenta al mismo tiempo aspectos que remiten al estar permanentemente accesible, a la adicción a Internet y al fetichismo del aparato. Sin embargo, este último es algo más que un mero medio de distinción, una compulsión a consumir, o sencillamente el deseo de tener los últimos dispositivos y gadgets. Hay un ansia de acceder a técnicas hápticas cada vez más fuertes: técnicas de estriado, de barrido, de acariciado. Pasar con un barrido de una pantalla a otra, y en esa medida estriar con pequeños toques las pantallas, desterritorializándolas y al mismo tiempo reterritorializándolas —no cabe duda de que estamos ante una nueva técnica cultural a la par que ante una aceleración de los pulgares de la generación de los smartphones. Barrer / estriar las pantallas contiene también algo de una diferenciación háptica que va más allá de la identificación de los caracteres en los mensajes de texto, en los correos electrónicos y en los mensajes de chats en el smartphone. Hacer un barrido de la pantalla no sólo significa estriar el dispositivo, marcarlo suavemente, sino también aproximarlo afectivamente, acariciándolo. En la medida en que ese acariciar efímero lleva a cabo el mismo movimiento en el mismo lugar, corresponde a una reterritorialización. En la medida en que no acaricia dos veces en el mismo lugar, sino que más bien se desplaza sobre las superficies de contenido virtual, las estría, acariciándolas por encima, se trata de una desterritorialización.

Cuanto más diferenciada está la relación material de proximidad, el desarrollo del enganche a las máquinas, más se presenta como si los humanos quisieran “entrar en la máquina”. Sin embargo, “entrar en la máquina” es una idea tan falsa como la de la “máquina que penetra en lo humano”. Tal vez se trate más de una convergencia incesante con los aparatos técnicos, que diferencia interminablemente las relaciones materiales e inmateriales. Se trata de un paso relativamente corto: de las letras de imprenta en los teclados al barrido entre pantallas —y que podría ampliarse en el futuro. El control verbal es un modo potencial de este agenciamiento expandido, como también lo es el uso de partes del cuerpo que no sean los dedos y las manos. Los pies podrían entrar en acción, por ejemplo, como sucede con la máquina de coser, con un bombo, un órgano o un pedal wah wah, o podría ser todo el cuerpo —como el agenciamiento sonoro de un hombre orquesta, que canta con un bombo en la espalda y una pandereta en un pie.

Las grandes pantallas táctiles de sobremesa están desplazando a las operaciones con el teclado, y sin embargo hoy la gente sigue llevando consigo cuadernos, bloc de notas y smartphones como medios de producción personales, como fetiches, gadgets. Los entornos maquínicos futuros podrían concebirse más fácilmente con arreglo a la lógica de la envoltura que con arreglo a la del enganche o el tacto físico. Nos guste o no, lo sepamos o no, la mayoría de los datos está ya en gran medida en las nubes. De esta suerte, lo que falta es el acceso omnipresente a los surtidores de datos a los que pudiéramos enchufarnos sin mayor mediación o, dando un paso más allá: un modo tendencial de tratar con las nubes de datos que no es en absoluto incorpóreo, sino más bien imperceptible. Las pantallas táctiles llevan el desarrollo de los aparatos desde el enganche visible hacia una condición de envoltura cada vez más invisible. Los sensores maquínicos no tienen porqué trabajar necesariamente tocando los aparatos. Los gestos, los signos con la mano, el lenguaje corporal en vez de Google Glass o los guantes de datos. Tal vez el theremin sea el instrumento del futuro. No una envoltura externa y visible que lo envuelva todo globalmente, sino más bien una (auto)envoltura de cada persona, el acceso, al mismo tiempo, al entorno maquínico, en la medida en que el control de los códigos lo permita.

Música espectral, glissandi generados sin tocar, manos y brazos que se deslizan por el aire, campos electromagnéticos movidos por las vibraciones eléctricas del cuerpo. Música deslizante, fluyente, flotante, voladora. Del mismo modo que Léon Theremin empezó a hacer sonar su instrumento hace casi un siglo, las personas de hoy en día están empezando a hacer sonar los instrumentos técnicos, los aparatos, el equipo que les rodea, les inunda, les envuelve, los entornos y los alrededores, y son hechos sonar por ellos. Aquí interviene algo que tiene que ver con el virtuosismo por ambos lados. Pero, como hemos dicho, no se trata de una cuestión de relaciones instrumentales, de máquinas entendidas como herramientas y medios de los seres humanos o viceversa. No estamos tocando instrumentos, sino más bien jugando con ellos, tal y como los niños juegan con otros niños, con las cosas y las máquinas.

En la década de 1970 algunos niños jugaban con coches, barcos y aviones de control remoto. Éstas eran herramientas formidables para enseñar sobre todo a los chicos a controlar máquinas desde una edad temprana. En todos los casos había que intentar no pasarse de la raya llevando el barco/coche/avión más allá del alcance del control remoto. Cincuenta años más tarde, se tratará de mantener todas las cosas individuales, no sólo los aparatos, sino también las personas, dentro del alcance del control remoto, ya sea en los videojuegos, en la circulación por carretera o en la vida cotidiana. Sólo que falta el control remoto, así como la persona que lo maneja. Del mismo modo que el auto-móvil en realidad no se mueve a sí mismo, el coche sin conductor tampoco se conduce a sí mismo. Donde antaño las personas se libraban del esfuerzo, ahora se están librando del control. La autoconducción maquínica significa una interacción compleja de diferentes componentes que se ajustan y se agregan en un agenciamiento. Autoagregación y agregación del agenciamiento.

Y no sólo las carreteras requieren ser reguladas maquínicamente, sino que también las rutas aéreas precisan cada vez más de una implicación maquínica. Respecto a la compra de drones, mientras que los políticos insisten casi obsesivamente en que los drones están controlados por humanos, cabe decir con Stefano Harney y Fred Moten que “los drones no son no tripulados para proteger a los pilotos estadounidenses. Son no tripulados porque piensan que son demasiado rápidos para los pilotos estadounidenses”[3]. La fantasía distópica y pantópica de la logística aspira en la medida de lo posible a que los seres humanos se limiten a ser “agentes de control”, para liberar el flujo de mercancías y de armas del tiempo humano y del control humano. Esto no significa que los humanos se vuelvan superfluos: en la medida en que les sobrevivan, tendrán que seguir viéndose obligados a explicar los daños colaterales de los drones. Es inherente a sus signature strikes[ataques por perfiles] no estar nunca completamente exentos de errores. El dron trae la muerte o paquetes de Amazon, basándose en un riesgo producido algorítmicamente o en perfiles de potencialidad. Por encima de todo, promete precisión más allá de la exactitud humana. Una precisión dirigida, inteligente, fiable, minimizadora del daño, en un entorno maquínico. El dron es el animal maquínico del presente, y en un momento dado llegará también a desdoblarse, a multiplicarse.


Facebook: autodivisión y obligación de confesarse

“Facebook te ayuda a comunicarte y compartir con las personas que forman parte de tu vida.”[4].

“Uno tiene que estar completamente atrapado por la astucia interna de la confesión para otorgar a la censura, a la prohibición de decir y de pensar, un papel fundamental; hay que formarse una representación completamente invertida del poder para creer que nos hablan de libertad todas las voces que, desde hace tanto tiempo, en nuestra civilización, repiten machaconamente la orden formidable de decir obligatoriamente lo que uno es, lo que uno ha hecho, aquello de lo que uno se acuerda y lo que ha olvidado, lo que uno oculta y lo que se oculta, aquello en lo que uno no piensa y lo que uno piensa no estar pensando”[5].

En su Sermón de la Montaña, Jesús enseñó la docilidad [Fügsamkeit] maquínica y la autoaquiescencia [Selbst-fügung], la comunicación confesional y la autodivisión. Eso es lo que Facebook también es: además de ser un medio de autopresentación, co-municación y de exposición atolondrada de la propia vida, además de ser un foco de las futuras burbujas de las redes sociales, además de ser una herramienta de las revoluciones de Facebook y Twitter, además de ser una memoria indeleble de millones de personas, es también un medio de confesión, desde luego, una obligación de confesarse, y en este sentido es un medio no sólo de co-municación, sino también de autodivisión.

Facebook me permite optimizar aún más esta práctica maquínica de la división. La “orden formidable” de nuestra civilización de “decir obligatoriamente lo que uno es, lo que uno ha hecho, aquello de lo que uno se acuerda y lo que ha olvidado, lo que uno oculta y lo que se oculta, aquello en lo que uno no piensa y lo que uno piensa no estar pensando”, está en buenas manos con Facebook. Con una reserva: lo que no procede, o sólo lo hace bajo determinadas condiciones, es la compulsión externa inherente a la palabra “orden”. Aquí todo gira en torno a la servidumbre maquínica, a la voluntad de confesar, al deseo de comunicar.

En el primer volumen de La historia de la sexualidad, usando material de pruebas médicas, exámenes psiquiátricos, informes pedagógicos y controles familiares de la sexualidad en los siglos XVIII y XIX, Foucault describe una nueva forma de poder, que se basa antes que nada en diferentes nuevas formas de confesión: “exigía un intercambio de discursos, a través de preguntas que sacan confesiones, y confidencias que iban más allá de las preguntas que se hacían”[6]. Contra lo que Foucault llama la hipótesis represiva, introduce la intensidad de la confesión, la relación ineluctable entre poder y placer: “El poder funciona como un mecanismo de llamado, como un señuelo: atrae, extrae esas rarezas sobre las que vela. El placer irradia sobre el poder que lo persigue; el poder ancla el placer que acaba de desembozar”[7].

En tanto que poder pastoral, la moralidad cristiana combina la obligación de la confesión con el deseo de confesarse. Puede remitirse a una larga genealogía de prácticas de confesión desde la Alta Edad media. Desde esas turbulencias medievales, el poder como un mecanismo de atracción, el canto de sirena de la confesión, se ha multiplicado, tentando por todas partes, extendiendo sus sonidos por todos los estratos sociales. No sólo me tienta a aliviarme con la confesión, sino también con la promesa de que podría descifrar mis secretos más íntimos haciéndolos públicos: “La obligación de la confesión nos es remitida ahora a partir de tantos puntos diferentes, la tenemos ya tan profundamente incorporada que ya no la percibimos como el efecto de un poder que nos constriñe; nos parece que, a diferencia de la verdad, en lo más secreto de nosotros mismos, no hace más que ‘pedir’ salir a la luz”[8]. Ésta es la proposición central de la teoría de la confesión de Foucault. La idea de una verdad que aguarda “en nuestra naturaleza más secreta” para salir a la luz, es también la base de la propaganda omnipresente sobre la transparencia de hoy en día. Su procedimiento principal consiste en conectar un sí mismo identitario con su verdad que debe surgir de la oscuridad; si esto no surte efecto, entonces sólo puede deberse a que la transparencia está aprisionada por un poder, una fuerza, una compulsión de los que debe liberarse. Inversión de la perspectiva sobre el poder: en vez de ver en acción un poder múltiple, que opera invocando la confesión y produciendo permanentemente deseos de confesarse, todo tipo de poder es considerado como un bloque homogéneo de la represión potencial de la confesión. En cambio, desde esta perspectiva la confesión tiene un efecto liberador, ayuda a escapar del silencio, libera la verdad. Aquí la división asume ante todo la forma excesiva de la comunicación y la publicación confesionales. La verdad robada, hasta entonces arrebatada a la luz pública, voluntad des-privatizada de salir a la luz.

Con el telón de fondo de este llamamiento a la facilitación de la libertad de confesión, lo privado se pone cada vez más a la defensiva. La privacidad aparece en el mejor de los casos como un concepto con el significado limitado de la protección de los datos: en el campo de las redes sociales, los discursos se centran en el almacenamiento ilegítimo de datos personales y la inminente pérdida de la libertad. La privacidad debe dar una respuesta a la pregunta de cómo esos datos pueden ser protegidos del acceso de otros: protegidos, en primer lugar, de la represión estatal contra personas individuales, pero también de la valorización de los datos personales (acumulados) por actores comerciales. A la luz de los programas de vigilancia cada vez más excesiva y del abuso comercial de los datos personales, se trata de problemas que hay que tomarse en serio; sin embargo, al mismo tiempo son repeticiones apenas variadas de la narrativas unilaterales del declive, que han venido lamentando el declive de las esferas pública y privada con arreglo a combinaciones siempre nuevas. Y tales narrativas a menudo no están a la altura de los motivos de la sociedad de la vigilancia de la vieja ciencia ficción de 1984 y Brave New World.

Más allá de los discursos sobre la protección de los datos, o más bien en paralelo a los mismos, la “astucia interna de la confesión” cobra una nueva fuerza explosiva. ¿Qué significa cuando se extiende un deseo que no lamenta en absoluto el declive de la esfera privada, sino que más bien parece coquetear con un abandono voluntario de toda privacidad? ¿Qué significa cuando en las redes sociales las personas no están sencillamente obligadas a dar sus datos, y esto incluso para los objetivos económicos de otros, sino que desarrollan cabalmente una compulsión de desprivatización? Consideremos el ejemplo de Facebook: los aspectos problemáticos del modelo de negocio de Facebook no residen sólo en la explotación del trabajo no pagado, en la identificación de los usuarios para los anunciantes, o en la opacidad de la política de privacidad y de los ajustes de privacidad de Facebook. La vertiente menos visible de las redes sociales es el deseo de comunicarse uno mismo públicamente, de entregar los propios datos, de dividirse.

Este nuevo deseo de “autodivisión” en las redes sociales se basa en el ansia de salir a la luz de la socialidad virtual, una necesidad urgente de visibilidad, que está unida a una nueva idea de la privacidad como deficiencia. Por supuesto, deficiencia, carencia, estar privado de, siempre ha sido intrínseco al concepto de la esfera privada; en la antigüedad era una falta de puesto, una falta de vida pública, una falta de la posibilidad de actuar políticamente. Sin embargo, en la socialidad de las redes sociales contemporáneas, la privacidad se convierte más bien en un problema, porque implica la invisibilidad, la desvinculación de la savia de las redes sociales. Felix Stalder describe este nuevo miedo de la desaparición —ahora digital— como el envés de la promesa de la comunicación auténtica en las redes sociales: “Para crear socialidad en el espacio de los flujos las personas primero tienen que hacerse visibles, es decir, tienen que crear su propia representación mediante actos expresivos de comunicación [...]. Hay distintas motivaciones positivas y negativas para hacerse visible de esta manera: está la amenaza de ser invisible, ignorado o evitado, por un lado y, por otro lado, la promesa de crear una red social que exprese realmente la propia individualidad”[9].

Así que, en vez de suponer que el núcleo del verdadero sí mismo está en la privacidad y dejar que siga allí, se trata de buscarlo y producirlo en la práctica expresiva de la confesión en las redes sociales, que tiene también por objeto mantener a raya el peligro del desprendimiento, de la desvinculación de las redes sociales que son el soporte vital. El mantenimiento plenamente activo de las conexiones maquínicas sostiene la infraestructura para la práctica atolondrada de la confesión, y al mismo tiempo protege contra la caída en los dominios oscuros de actividades que no son o que apenas son visibles y por ende son peligrosas o sencillamente no explotables, porque no están disponibles para la valorización.

Los destinatarios de la confesión maquínica ya no son un pequeño número de figuras de autoridad, aquellas a las uno se confiesa conforme a una relación inequívocamente personal, sino un número cada vez mayor y a menudo incalculable de amigos. Sin embargo, esa relación es sólo raramente social en el sentido tradicional —a lo sumo, la socialidad suele aparecer en la forma invertida de las tormentas de mierda o de otros tipos de abuso en Internet, como una socialidad asocial. La confesión maquínica persiste en el modo de conducta entre el sí mismo que se autoidentifica y su verdad frente al muro opaco de un confesionario social, Facebook. Aunque Foucault no conoció Facebook, describió muy bien cómo funciona: “Su verdad no está garantizada por la elevada autoridad que transmite, sino por el vínculo, la intimidad esencial en el discurso, entre aquel que habla y aquello de lo que habla. Por el contrario, el dominio ya no reside en quien habla [...], sino en quien escucha y no dice nada: no en quien sabe y responde, sino en quien [...] se supone que no sabe”[10]. La mayoría ignara, incalculable y silenciosa de los amigos domina la escena. Su compartir, tal y como es evocado en el eslogan de Facebook, promete ser lo más fácil posible, consiste en apretar un botón, o hacer click en un link, el botón de compartir. Sin embargo, el efecto del discurso de verdad consiste en que cabe encontrarlo entre aquellos que confiesan algo o todo sobre sí mismos.

En la escala de Nietzsche, entre la compulsión a la obediencia voluntaria” y el “instinto”, el movimiento hasta ahora ha ido en dirección de lo que Nietzsche llama “instinto”, que él relaciona por encima de todo con la adaptación o, dicho de otra manera, con la naturalización y la normalización, y en un segundo lugar con el placer. Estos dos aspectos están directamente emparejados en la práctica de Facebook: la adaptación al enganche maquínico se concatena con el deseo maquínico de la compartición total. La “división” funciona para Facebook no —o no sólo— en el sentido de la apropiación ilícita de datos personales por parte del Estado o de los actores económicos, sino también en el deseo de dividualización de los productores de datos, conforme a una especie de división “libremente obediente”, “voluntaria”, de una autodivisión autodeterminada. Facebook se basa en invocar el efecto liberador de la confesión, en la figura de la privacidad como una deficiencia que ha de ser evitada y, de tal suerte, en una confesión que no es obligada, sino que por el contrario implica la voluntariedad, el deseo, el placer y —con Nietzsche— la “vanidad”.


Multitudes de datos. Nuevas gamas dividuales

La visión de Nietzsche no deja de ser, incluso en la crítica de lo que es demasiado humano, una visión del ser humano, sobre todo del ser humano individual. Su tesis de la autodivisión del ser humano en la moralidad permanece apegada —como sucede en lo fundamental con la ética de la confesión en Foucault— a la cuestión de la aquiescencia [Fügung] de los individuos. Sin embargo, lo que hacen tecnologías sociales/mediáticas como Facebook no puede explicarse únicamente en consideración a los seres humanos o los individuos y su relación con un colectivo, ni puede explicarse como el sometimiento de individuos humano o no humanos a las máquinas. Lo maquínico-dividual mismo va mucho más allá de los aparatos tecnomediáticos y de los deseos individuales.

Nietzsche escribió: “En la moral, el ser humano no se comporta como individuo, sino como dividuo”. Sin embargo, no hay ningún dividuo. En un sentido sustantivo fuerte, “el dividuo” no existe; como en la evidencia filológica, en la que la palabra en latín sólo aparece con poca frecuencia, y cuando lo hace sólo como un sustantivo débil, heterónomo, no tiene mucho sentido hablar de un “dividuo” o de “dividuos”. Incluso “en la moral”, los individuos no pueden convertirse en dividuos, pero en y a través de la dividualización pueden desde luego volverse individuos amoldables [fügende], aquiescientes [fügsame], obedientes [gefügige]. “En la moral” surgen formas siempre nuevas de servidumbre, de conformidad, de adaptación, siempre nuevos “caracteres aquiescentes”, pero esa servidumbre, toda vez que permanece en el ámbito de lo individual, no aferra lo individual.

Más de cien años después de Nietzsche, Gilles Deleuze postula la transición del régimen disciplinario al de control con una formulación similar relativa al concepto de lo dividual. De este modo, retoma las ideas de su amigo Michel Foucault, junto al que estuvo al cuidado de la edición crítica en francés de las obras completas de Nietzsche. Con arreglo a las explicaciones de Deleuze en el “Post-scriptum sobre las sociedades de control”, el régimen disciplinario tiene dos polos, en los cuales está igualmente interesado. Agrupa en masas e individualiza, constituyendo la masa de un cuerpo y modularizando sus miembros como individuos —en total consonancia con las relaciones nietzscheanas entre la moral y el individuo que se autodivide, y en total consonancia con la interpretación foucaultiana del modo de gobernar del poder pastoral: omnes et singulatim. Deleuze reformula este interés parejo del poder pastoral en sus dos polos: la sociedad disciplinaria está marcada en el polo individual por la signatura, como indicación inequívoca del autor o autora que se trata de identificar, y en el polo de masas por el número o código de identificación, que identifica la posición del individuo en la masa. En esta relación, que no es en modo alguno de oposición, sino complementaria, entre “uno-solo” y “todo-uno”, que es atribuida ejemplarmente a las composiciones del Romanticismo alemán en Mil Mesetas, donde las agrupaciones de fuerzas están completamente diversificadas, pero sólo como “relaciones que corresponden a lo universal[11]. El héroe romántico actúa como un individuo subjetivizado bajo las condiciones de un todo orquestal. Siempre omnes, todos como uno, todo-uno, orquesta —et, y— singulatim, “uno-solo” que remite al “todo-uno”, voz solista.

Un régimen completamente diferente es aquel en el que la masa es individuada mediante individuaciones de grupo y no puede ser reducida a la individualidad de los sujetos y a la universalidad del todo —en Mil Mesetas Deleuze y Guattari describen esta relación completamente diferente entre una masa-uno (ya no todo-uno, sino más bien) dividual y un uno-solo con ejemplos musicales de Debussy, Mussorgsky y Berio. Aquí la masa no está individuada en personas, sino en afectos, y en esa medida el uno-solo no es individual ni remite a lo universal, sino que es más bien singular. Deleuze desarrollaba una década más tarde el lado oscuro de esta nueva “gama de lo dividual[12] en el “Post-scriptum sobre las sociedades de control” —y Nietzsche sigue resonando en la formulación deleuziana:

“Los individuos se han convertido en dividuos, y las masas [se han convertido] en muestras, datos, mercados o bancos[13].

Así, pues, lo dividual (a diferencia de Nietzsche, Deleuze usa el adjetivo dividuel) y los bancos, aunque en un sentido menos tradicional, como bancos de datos: sin embargo, no sólo el banco como lugar poblado de ventanillas, empleados y formularios de pago parece algo extrañamente obsoleto en nuestros días cuando se trata de describir los flujos de datos dividuales en las sociedades de control. Incluso la imagen de la base de datos sigue comprendiendo en exceso la idea de un territorio claramente localizable, de un espacio de almacenamiento que es administrado, ordenado y determinado por seres humanos. La realidad de los conjuntos de datos dividuales de hoy, las enormes acumulaciones de datos que pueden ser divididos, recompuestos y valorizados de incontables maneras, es una de las corrientes mundiales, de desterritorialización y de expansión maquínica, que cabe recoger bajo la expresión de Big Data. Facebook necesita la autodivisión de los usuarios individuales del mismo modo que las agencias de inteligencia continúan almacenando identidades individuales. Por otra parte, al Big Data le interesan bastante poco los individuos así como una totalización de los datos, mientras que tiene un profundo interés en los conjuntos de datos que flotan libremente y que están lo más detallados posible, lo que le permite atravesarlos dividualmente —como un campo de inmanencia abierta con una extensión potencialmente infinita. Estas enormes cantidades de datos quieren formar un horizonte de conocimiento que gobierna todo el pasado y el presente y es capaz también de capturar el futuro.

La recogida de datos por parte de actores económicos y estatales, sobre todo los servicios secretos, las compañías de seguros y el sector bancario, cuenta con una larga tradición, pero ha cobrado una cualidad completamente nueva con la lectura y el procesamiento maquínicos de los materiales de datos. Esta cualidad no sólo atañe a las agencias de calificación financiera o a las agencias de inteligencia, sino también a todas las áreas de la vida cotidiana en red, a todos los datos parciales de las vidas individuales, relativos a los hijos, los divorcios, las deudas, las propiedades, los patrones de consumo, las conductas en la comunicación, los patrones de viaje, las actividades en Internet, los patrones de alimentación, el consumo de calorías, la higiene dental, los pagos con tarjeta de crédito, el uso de cajeros automáticos, por no mencionar más que unos pocos. Frigoríficos, hornos, termostatos, cepillos de dientes con guía inteligente, cuartos de baño inteligentes, despachos en red, cocinas en red, dormitorios en red, baños en red, tazas de váter en red —todos controlables a través del smartphone, todos accesibles en la nube. Esos datos maquínicos pueden combinarse potencialmente, por ejemplo para la logística de los movimientos individuales de cosas, y pueden volverse accesibles con arreglo a lógicas dividuales.

Para atravesar, dividir y recombinar esos datos, es necesaria la cooperación de aquellos que antes eran llamados consumidores. La participación se traduce en el intercambio libre de datos (sobre todo en el sentido de un intercambio no pagado) posible, no sólo en el intercambio de datos existentes, sino también de la producción de nuevos datos. La valorización de los datos se juega en el terreno de la externalización de los procesos de producción y de la activación de los consumidores, tal y como ha venido intensificándose desde la década de los 90 en todas las áreas económicas. Crowds, muchedumbres, masas dispersas —sus modos de existencia y de vida son capturados, aprovechados, apropiados y explotados más allá del ámbito del trabajo remunerado. Scoring, rating, ranking, profiling. Los consumidores que son activados y generan valor con su actividad no tienen que ser remunerados. Entre tanto, el modelo de desarrollo de programas de código abierto por parte de las crowds se ha convertido en un modelo de negocio consolidado y se ha extendido a todos los sectores económicos. Trabajo libre en libre asociación, pero en provecho de los empresas de la Nueva Economía.

Asimismo, en vez de invertir el valor añadido producido de esa manera en mejores salarios, el “trabajo libre y gratis” de los tratantes de datos por libre trae consigo los efectos exactamente contrarios, a saber, una devaluación y eliminación adicionales del trabajo remunerado. La economía de la partición y la dominación se torna en una economía no menos dominante de división/compartición, estimulada por el autogobierno. Una economía de la compartición que importa el menos de la comunidad de la genealogía cristiana al capitalismo maquínico contemporáneo. Llamamientos al abaratamiento de costes, decrecimiento compulsivo, austeridad por otros medios.

La economía de la compartición/división de datos no sólo valoriza los datos que entran y rinden ganancia automáticamente, sino que también estimula la producción de datos más allá de toda actividad profesional. Estos se han podido rastrear con facilidad recientemente en el ámbito de las automediciones y la contabilidad de los datos corporales. En mi formato anticuado del Kieser Training, esa contabilidad sigue limitada a un procedimiento analógico. Las máquinas parecen relativamente prosaicas y al menos no parecen aparatos visiblemente en red para tener una buena forma física, sus características son explicadas lo más racionalmente posible en lo que respecta a su función y sus efectos y permiten el entrenamiento individual concentrado sin interrupción. Pero la máquina no es sólo el equipo mecánico al que me amarro, es sobre todo el tablero sobre el que sujeto la tabla en la que voy anotando mis pequeños progresos. La tensión, la presión, el deseo se avivan en la expectativa de si habrá habido progreso o retroceso. Sucede que, en el deseo de engancharme, de estar amarrado a las máquinas, termino con un exceso de calor corporal. La autodivisión funciona bien aquí, pero la división de datos aún no.

La combinación entre la automedición de los individuos, por un lado, y la producción de grupos de datos dividuales, por el otro, era algo que estaba reservado al movimiento del quantified self. Mientras que las técnicas confesionales del autogobierno en las redes sociales producen ante todo configuraciones discursivas, que muestran su representación cuantitativa como el número de likes, la medición permanente de sí mismos pasa a valorizarse lisa y llanamente como producción de datos cuantitativos. Antes que nada, el quantified self implica en efecto observarse a sí mismo de la forma más permanente posible, lo que junto a la literatura de confesión y el lifelogging se presenta como un todo. Esta conjunción maquínica de las técnicas de sí corpóreas y discursivas es probablemente más importante que los linajes que asocian cada una de las técnicas con sus genealogías históricas: el quantified self con las viejas marcas del crecimiento en el marco de la puerta, las listas de pesos en la báscula familiar y otros registros corporales clásicos; el lifelogging con la escritura de cuadernos de bitácora, diarios personales, diarios de viaje y otros registros. Sin embargo, una combinación adicional lleva al extremo esa condición valorizable: la introducción de esos datos cuantitativos y cualitativos en las redes sociales, que con la velocidad de su feedback agregan la privacidad individual de los datos corporales y los aspectos narrativos discursivos de la socialidad y del control social.

Una zona adicional de la expansión de los datos dividuales es la de los motores de búsqueda. Lo que se busca tal vez no sea tan interesante en sí mismo, pero la acumulación de datos de búsqueda determina formas de procesamiento de datos tanto individuales como colectivos. Los procesos de búsqueda maquínica conducen fundamentalmente a lo probable, a lo mayoritario-dominante, a lo normalizado y desde luego a lo que resulta económicamente lucrativo para los motores de búsqueda. Google y demás confeccionan los resultados de búsqueda con arreglo al individuo, por un lado (posición geográfica, lengua, historial de búsqueda individual, perfil personal, etc.), y con arreglo a sus intereses comerciales, por el otro. Con el tiempo, todos los perfiles individuales cobran, en tanto parte del Big Data, un mayor valor. Sin embargo, en principio la búsqueda sigue determinada en exceso por lo humano y en esa medida está peligrosamente fuera de control. Por eso está teniendo lugar una transición masiva a los sistemas maquínicos de recomendaciones, que ahorra a los consumidores tener que dedicarse a una búsqueda hasta cierto punto indeterminada. Antes de que los usuarios empiecen a pensar en la búsqueda, pueden apoyarse en las recomendaciones. Estas recomendaciones no siempre son presentadas a los clientes mediante sistemas completamente automatizados: los algoritmos suelen colaborar con humanos para desarrollar finas gradaciones e interminables combinaciones de posibilidades basadas en los patrones precedentes, no sólo de los clientes individuales, sino también de sus entornos sociales y territoriales. Los resultados son recomendaciones no solicitadas, pero no obstante adaptadas al individuo, de libros y otras ofertas de Amazon, recomendaciones de viaje de Air Berlín, recomendaciones de películas de Netflix, e incluso esas especializaciones están disolviéndose cada vez más rápido.

El carácter aquiescente es receptivo a las recomendaciones maquínicas. El control maquínico se extiende hasta donde puede: todo es recomendado, en la medida de lo posible ya no quedan movimientos de búsqueda abiertos y libres de medición. Sin embargo, tampoco la frontera entre lo mensurable y lo inmensurable es estable. Los umbrales de medida tratan acercarse cada vez más a lo inmensurable. No sólo ha de medirse lo mensurable, sino que también se trata de desplazar todo lo inmensurable que sea posible al dominio de lo mensurable. Tal es el deseo incesante de la recogida de datos modular: mantener el control no sólo sobre los territorios medidos y mensurables, sino también penetrar en los ámbitos no controlados que no han sido aún deseados y medirlos lo más exacta y exhaustivamente posible. Las zonas en blanco en espacios reales y virtuales, los vídeos que aún no han merecido el interés de nadie, enlaces de Internet que nadie ha visitado aún.

El gobierno del número, de los umbrales de búsqueda, de la medida estándar termina topándose con sus límites, y de esta suerte el código sustituye en el régimen de control al sistema polar de la signatura y el número: si los regímenes disciplinarios se caracterizan, según Deleuze, por la identificación y el conteo de cuerpos individuales y cuerpo masa, la signatura de la sociedad de control es la materia “dividual” que ha de ser controlada[14]. En una historia de Guattari, cuya trama no es presentada por Deleuze como si se tratara de una historia de ficción, se imagina una ciudad en la que parece haberse superado la distopía de la gated community. La ciudad no está separada por barreras, muros o cordones entre zonas lícitas o ilícitas, sino que es modulada por una máquina que registra la posición de los elementos individuales en un medio abierto. Gracias a sus tarjetas electrónicas dividuales, quienes habitan la ciudad pueden abandonar su apartamento calle, barrio, pero —y aquí está la trampa: “la tarjeta puede ser rechazada un día concreto, o a determinadas horas del día”[15]. Esto no puede ser considerado un defecto técnico, la fragilidad de un material electrónico. Hay determinadas horas o incluso sólo segundos, durante los cuales se puede ingresar en determinados territorios. La invalidación de la tarjeta puede deberse al individuo que la lleva consigo, cuya signatura no le permite realizar determinados movimientos. Sin embargo, el problema tal vez no resida en absoluto en la identidad y el número del individuo, sino, por ejemplo, en movimientos sospechosos de cosas individuales y de conjuntos, que provocan el cierre temporal de un territorio. A este respecto, la tarjeta en cuanto tal es menos dividual que el propio agenciamiento, cuyos relés numéricos gobiernan la apertura o el cierre y se mueven de un punto a otro a través de un gran número de tarjetas individuales consideradas como una “materia dividual que ha de ser controlada”.


Ritornelo 7, 1798/1853.

Undulismo

[: En algún lugar de Leningrado, septiembre de 2014, una noche de borrachera veraniega. Demasiado tarde para encontrar sitio en cualquier coche. Alguien llama a un taxi. El taxista habla inglés. En vez de un taxímetro, tiene un panel digital complejo, con índices y gráficos. Barras danzantes, movimientos ondulados, visualizaciones de líneas dividuales. Explica que sólo conduce el taxi como actividad secundaria, acelera a 90 Km/h y a golpes de volante, derrapando un poco, se abre paso a través de las retenciones del tráfico nocturno. Su principal ocupación es el trading y el algo-trading. Las fluctuaciones en la visualización no paran de moverse, y parece como si las estuviera manipulando de algún modo. La niebla de los 20 mililitros de alcohol en sangre se difumina con las ondas de los precios de las acciones. El coche cada vez va más deprisa, y yo termino vomitando. Crash, desgarro, desastre.

Lo ondulatorio [ondulatoire], la modulación continua, la deformación constante del “humano del control” repite un raro concepto procedente del catálogo de la fealdad de Karl Rosenkranz. En la Estética de lo feo, aparece al principio de las consideraciones de Rosenkranz sobre lo sin forma, aquí sobre todo de lo amorfo, lo informe, la ausencia de todo límite con el exterior. Rosenkranz distingue entre dos diferentes modalidades de concebir el devenir como desaparición, el desvanecimiento en la nada de la distinción: mientras que en la naturaleza la oscilación sin límites de las ondas arriba y abajo  puede ser considerado bello, en el arte lo undulista-ondulatorio es un símbolo exclusivamente negativo de la nebulización, el afeminamiento, la debilidad.

Lo undulista es el desfallecimiento de la delimitación, allí donde sería claramente necesaria; la opacidad de la distinción allí donde debería estar en primer plano; lo ininteligible de la expresión, allí donde ésta debería ser destacada. Para Rosenkranz parece haber una clara línea de separación entre la belleza natural de lo pasajero y la fealdad de un devenir de lo sin forma, que presente con los términos de nebulismo y undulismo: acusa a lo que es nebuloso e insuficientemente ondulado de ser algo difuminado, debilitado, perturbador. En el ensayo de Goethe “El coleccionista y sus amigos”, de 1798, aparece ya el término de undulismo como una indicación de lo que es blanduzco, débil, maleable. Los undulistas son como aquellos que no quieren hacerse adultos, que juegan en las ondas, tanto artistas como coleccionistas, carentes de seriedad: Se les denomina también Serpentina. Ese estilo sinuoso y blando corresponde tanto en artistas como en aficionados a una cierta debilidad, somnolencia y, si se quiere, a una cierta irritabilidad enfermiza. Tales obras son codiciadas por aquellos que quieren encontrar en un cuadro algo que es poco más que nada, que nunca dejan de deleitarse con los variados colores de una pompa de jabón en el aire. Les falta el significado y la fuerza, razón por la cual suelen ser aceptables por regla general, como la nulidad en la sociedad.

En la edad del topo, a la modulación se la llamaba undulismo. La serpiente era el animal de las sociedades de control, y la superficie fluida de la onda en el agua, en la tierra y en el aire era un medio excelente para cabalgar las olas, para surfear los cielos. Las corrientes del algo-trading se aceleran, vacilan, se van al traste… y vuelven a recomponerse, se hacen añicos, cobran velocidad. :]


Algoritmo, logística, línea

El algoritmo desencadena las viejas fantasías capitalistas de poner fin de una vez a su dependencia del trabajo vivo. Si ya no son directivos, banqueros, corredores de bolsa, sino programas los que realizan los cálculos y los cómputos, entonces parece como si los humanos ya no operaran con programas, sino que son más bien los programas los que operan con humanos. No se trata sólo de que estos queden subordinados a las máquinas, de que formen parte de la máquina como los trabajadores en el “Fragmento sobre las máquinas de Marx”, sino de que se ven completamente barridos por la fantasía autoexpansiva de sus pantallas. Ésta es la imagen que Stefano Harney ofrece en su texto, “Algorithmic Institutions and Logistical Capitalism”[16], acerca del efecto inventivo y al mismo tiempo (auto)aniquilador del algoritmo. En la fantasía de la logística, las cosas hablan directamente con las cosas. La reducción de todas las relaciones maquínicas a relaciones de cosas, la inversión del antropocentrismo: se esencializa a las máquinas en vez de a los humanos.

Sin embargo, Harney describe también cómo, con la ayuda del algoritmo, mucho antes de su expansión en las finanzas, en la gestión de las operaciones de cuerpos, máquinas, instrumentos, camiones, almacenes y fábricas, nuestras propias manos, nuestro propio trabajo, nuestro propio deseo permitió que surgiera un mundo que aspiraba a ser un mundo sin nosotros. La gestión de operaciones es la ciencia y la práctica de la relación entre el capital variable y constante en movimiento, que tal vez resulte más influyente e insidioso que las finanzas sobre la vida cotidiana. La cadena de montaje es el punto de partida de todas las consideraciones al respecto de este sector antaño marginal de la teoría de la gestión empresarial. Y también partiendo de la cadena de montaje (en inglés assembly line), Harney desarrolla su concepto central de la línea. Los trabajadores y las máquinas se presentan a lo largo de “la línea”, “hacen” la línea. De esta suerte, tenemos un puzzle más complejo que la perspectiva sobre las máquinas, los trabajadores o incluso la relación unilateral de lo humano y la máquina. Lo que cuenta es la relación maquínica entre humanos, máquinas y todos los demás componentes de la línea y de su movimiento. Todos esos componentes trazan la línea y son trazados por ella, puestos al servicio de la continua manipulación y mejora del proceso, no para obtener un producto estático, sino para la optimización constante de la línea.

La logística es una subdisciplina de la gestión de operaciones, que mueve objetos, se mueve a sí misma con los objetos y se mueve a través de todos los objetos. La historia contemporánea de la logística empieza con el uso de contenedores, con la cadena de valor ampliada de los mercados globales. “La logística, la logística inversa, las comunidades de usuarios, y más tarde la mercadotecnia de relaciones, terminan siendo vistas como parte de un proceso continuo que podría mejorarse constantemente antes de que los insumos entren en la fábrica, mientras son transformados en la fábrica y después de que los productos salgan de la fábrica”[17]. La concentración sobre el producto, su eficiencia y su calidad, es sustituida por una línea que corre en espirales y bucles de retroalimentación, de tal suerte que su linealidad y su direccionalidad han de ser reconsideradas: ahora como una línea interminable, alineal, una línea que se mueve en todas las direcciones, una línea que recoge, acumula, reúne, que ya no es assembly line, sino line of assembly.

Trabajar sobre, en, a lo largo de la línea tiene, en la expresión equívoca work on the line, implicaciones múltiples. Trabajar on the line significa, ante todo, un cierto peligro, un acto  de equilibrio constante. Sin embargo, hay también una alusión a las redes digitales del trabajo on line. Y si la fantasía de la logística considera cada vez más que los humanos son un factor eliminable, esto no significa que el capitalismo maquínico funcione sin humanos. Para los componentes humanos, “la línea” implica la cadena de montaje ampliada, la fabbrica sociale, tal y como ha sido formulada en la teoría postoperaista, la “fábrica social”, que se ha constituido al mismo tiempo como el lazo de unión de una cooperación que se ha vuelto servil. Christian Marazzi describe este desarrollo en su estadio final como la implementación omnicomprensiva del modelo de Google. Este modelo seudohorizontal, que ya no se centra en el producto, sino más bien en las relaciones entre producto y consumo, está extendiéndose incluso en los campos no virtuales de la industria y de los servicios. Descansa —como se ha descrito más arriba— en la activación de los consumidores como usuarios, incluso “en el mundo hipermaterial del automóvil”[18].

Dentro de la empresa, la línea remite también a una línea vertical, ante todo en la expresión line managers, los responsables de línea. Como escribe Harney, la principal función de los responsables de línea de las “instituciones algorítmicas” consiste en manejar la métrica algorítmica de una manera servil. Por más que la palabra estrategia aparezca por todas partes en la empresa, su significado, el de los directivos que actúan estratégicamente, se ha visto completamente vaciado. En vez de proceder estratégicamente, como en el pasado, la tarea de la gestión empresarial consiste hoy en minimizar la exposición de la tendencia al error y la lentitud de las decisiones humanas. Los directivos no saben literalmente lo que hacen. Intentan mantener en movimiento la línea, al fin y al cabo sólo para ejecutarla, al objeto de no molestar a la institución algorítmica. “Por regla general, una institución así ha desplegado la métrica algorítmica hasta el punto de que los responsables de línea carecen completamente de cualificación y sólo pueden actuar como encargados y policías dentro de las instituciones. No marcan ninguna dirección, y no tienen ninguna explicación para la dirección que emprende la organización. De esta suerte, suelen estar a la defensiva, son abusones, inseguros, y se limitan a repetir frases del líder de la organización. Parecen dedicarse a la microgestión empresarial, pero en realidad la métrica se ha apoderado de ellos y actúa a través de ellos”[19]. La incomprensión de todo aquello que hay que transmitir de arriba a abajo va de la mano del servilismo vertical, mientras que la descualificación va de la mano con el comportamiento policial. Mientras tanto, al menos en la fantasía de los responsables de operaciones y de los dirigentes de las empresas, los algoritmos ejercen la autogestión, como sucesores del sujeto automático marxiano. A los directivos sólo les queda una tarea, tan vieja como nueva: a los responsables de línea les preocupa sobre todo la protección de la autoorganización algorítmica frente a la resistencia de los trabajadores. El carácter obediente está hecho para mantener la obediencia del conjunto del agenciamiento.

Y, por último, trabajar on the line significa también literalmente trabajar en la línea misma, mejorándola y ampliándola constantemente, enganchándole algo, hasta “marcar una nueva línea”. Ésta es también la nueva función del directivo ejecutivo, de los jefes, que no son directivos sino dirigentes. Debido a su complejidad, ya no pueden ejercer el mando en la empresa. Marcar una línea significa ahora interpretar la línea, narrarla como si fuera una historia. Siguiendo la línea, comprendiéndola al seguirla y narrándola al comprenderla, la reproducen y la dibujan a cada nuevo giro, a cada ruptura repentina, a cada salto inesperado. Conforme a esta lógica paradójica, liderar significa seguir la línea. El reformar y deformar constante de la línea es el fundamento omnipresente para trabajar sobre ella. Si la línea es constantemente mejorada en todo momento del presente, entonces se trata también de determinar su futuro. La métrica sustituye a la medida, el algoritmo descansa en una nueva medida relativa, derivada, derivativa, métrica, que mide la eficiencia sólo para especular con ella. La modulación y el alisamiento en curso de la medida, el recálculo constante, precisan de la lógica compleja del algoritmo. De esta suerte, la línea se torna en una línea especulativa: no en una línea que apunta principalmente al valor de una mercancía, de una empresa, de una corporación, sino en una línea que apunta al proceso y a la especulación con la línea misma. Lo que resulta de la línea es el objeto de todos los cálculos.

Por último, la línea es también la línea abstracta-dividual que atraviesa muchas cosas individuales. No sólo conecta la fábrica social como una nueva cadena de montaje, sino que también recoge, combina las partes de distintas cosas individuales que encajan para derivar valor añadido de esta nueva configuración. En su libro Knowledge LTD, Randy Martin escribe sobre esta inversión del proceso de producción clásico: “Mientras que la cadena de montaje masiva reunía todos sus insumos en un lugar para construir una mercancía firmemente integrada que era más que la suma de sus partes, la ingeniería financiera ponía en marcha este proceso a la inversa, descomponiendo una mercancía en sus elementos integrantes y variables y dispersando esos atributos para empaquetarlos junto a los elementos de otras mercancías de interés para un mercado globalmente orientado al intercambio de activos de riesgo. Cada una de esas partes móviles es recompuesta con arreglo a sus atributos de riesgo, de tal suerte que valen más como derivados que sus mercancías individuales [...]”[20].

La logística ya no tiene bastante con los flujos y los diagramas económicos, con los cálculos y las predicciones, con las representaciones que preceden a la acción de los directivos. Como escriben Stefano Harney y Fred Moten en Undercommons, no sólo quiere purificar el flujo del tiempo y de los errores humanos, sino vivir en lo concreto mismo, en el espacio al mismo tiempo, en el tiempo al mismo tiempo, en la forma al mismo tiempo[21]. En esa carrera hacia lo concreto, los modelos matemáticos ya no se limitan a calcular riesgos para controlarlos y minimizarlos, sino que, por el contrario, juegan con riesgos cada vez mayores. Se espera de ellos que vean el futuro, que produzcan futures, que calculen probabilidades basándose en los datos disponibles en el momento. Lo improbable puede no obstante ocurrir, y entonces es lo que se conoce como un “cisne negro”[22]. A este respecto, la improbabilidad continúa estando en el marco de la gestión y de la explotación de los riesgos, que ya no sólo se aplica al riesgo subsistencial de la vulnerabilidad, de la condición precaria, sino que también lo hace a los riesgos derivados o secundarios que pueden surgir en la recogida y la recombinación de grandes masas de datos, riesgos maquínico-dividuales.

Al mismo tiempo, los algoritmos están siempre al acecho de todo lo que está más allá de su territorio y de sus im/probabilidades, definidas cabalmente por aquello que aún no son y que probablemente nunca podrán ser. Y con ellos están también al acecho los traders del Blank Swan[23], cuando crean, escriben, sus/criben y diseñan contratos de derivados prácticamente de la nada: mientras que los cisnes negros y blancos se basan en probabilidades, el Blank Swan es el animal de lo incognoscible, de lo que está fuera del dominio de todo cálculo de probabilidades. Para el ex trader Elie Ayache, el blank swan es el no conocimiento del futuro, que se ha convertido en mercado. Desde esta perspectiva, el factor humano del capitalismo maquínico consiste en crear el acontecimiento de la suscripción: el trabajo de los traders consiste en escribir y suscribir los derivados como creación ex nihilo. La imagen de la tabula rasa absolutamente libre de presupuestos se cuela en sus fantasías. Sin conocimiento, previsión o predicción previos, se transportan a sí mismos al futuro, según Ayache.

Esa relación con el futuro continúa estando en el centro. Aunque se supone que es un futuro sin predicciones, los traders en su cacería desaforada del futuro se olvidan del presente. Al igual que el cisne blanco y el cisne negro, el black swan sigue estando en la lógica de lo algorítmico y de la logística, siempre al acecho de lo que ella no es. “Hay algo [some/thing] que la logística siempre busca”, escriben Harney y Moten, y en uno de sus característicos movimientos de  desplazamiento leve, llaman a ese antes, ese fuera de, ese más allá de la logística —desviándose sólo un poco de su contraparte algorítmica, eternamente a la zaga, de la siguiente manera: logisticality[24].


Derivados.
Crisis de las subprime, crisis de deuda, crisis financiera

En la división dominante, en el modo de la partición patriarcal y del dividuom facere, así como en el panorama pastoral del poder disciplinario, la moneda acuñada y el oro reinan como medida estándar. Por el contrario, para Deleuze el régimen de control remite a los tipos de cambio flotantes, a las modulaciones que introducen un porcentaje de distintas divisas estándar como códigos. Hoy apostar sobre las fluctuaciones de los tipos de cambio, sobre su subida o su bajada, implica un modo incesante de desmembramiento y de recomposición de la línea dividual.

La crisis estadounidense de las subprime de 2006 y 2007 ha sido objeto de una interpretación unilateralmente moralista, al menos en Europa. De un lado, la mera irresponsabilidad de los banqueros, que no verificaron suficientemente la situación financiera de sus clientes; del otro, los deudores estúpidos, camelados, seducidos para pedir prestado un dinero del que nunca iban a poder disponer. Hay muchas cosas que no funcionan en esa imagen, incluida la presuposición general de la estupidez de los afectados, la evaluación falsa de los bancos como algo que está condicionado moralmente, la percepción errónea del desarrollo de los instrumentos financieros, que no tuvo lugar tan sólo en los años de la crisis en un sentido estricto, sino que llevaba desarrollándose al menos dos décadas. Sin embargo, si observamos detenidamente las operaciones maquínicas de la financiarización, lo que por encima de todo no puede aceptarse es la premisa de que los bancos incurrieron masivamente en riesgos extremos sin mayores consideraciones al respecto. La familia de estereotipos sobre el pillaje del capitalismo depredador y el lugar común del predatory lending, así como la tozuda insistencia en una separación entre economía real y economía financiera corresponden ambos a esta problemática de la interpretación falsa, por puramente moral, del curso de los acontecimientos. Por el contrario, con Angela Mitropoulos y su reinterpretación radical de la crisis financiera como “usura desde abajo” en Contract and Contagion, cabe atribuir resueltamente un estatuto de sujeto a los “afectados” por la crisis de las subprime: “Resulta demasiado fácil asumir que todos aquellos que pidieron los préstamos no tenían ninguna percepción del riesgo, no habían formulado ninguna estrategia en las duras condiciones de lo que era un régimen de la vivienda monetarizado, racializado y generizado mucho antes de la llegada de los préstamos subprime”. Antes al contrario, cabe describir el poder desorganizado de la clase subprime como un poder eficaz: “La clase subprime refinanció sus deudas y vivió por encima de sus posibilidades, generando excedentes del modo más improductivo”[25].

En un largo ensayo sobre “La riqueza de los individuos en la era de los derivados”, Arjun Appadurai discute, entre otras cosa, aspectos de la dividualización que remiten a la política financiera[26]. Sitúa tanto el “ascenso de lo dividual” como la “erosión de lo individual” a principios de la década de 1970, cuando el término “dividual” apareció a su vez en la literatura antropológica. En particular, los efectos de la difusión de los derivados como una herramienta central del capitalismo financiero desde la década de 1990 produjo, a juicio de Appadurai, una forma depredadora de dividualismo (predatory dividualism frente al progressive dividualism y el truly socialized dividualism) que, en la multiplicación de sus procesos más opacos y completamente ilegibles, se sustraen a toda revisión, a toda regulación, a todo control social o democrático. Appadurai explica el curso complejo de la crisis de las subprime del siguiente modo: “Incluso un mero préstamo hipotecario es algo misterioso. Es un instrumento de ‘propiedad’ de la casa en la que el supuesto propietario tan sólo lo es de la hipoteca, pero no de la casa, salvo en el punto final de un largo proceso de amortización, que es a su vez un mecanismo algo misterioso. Mientras tanto, el banco prestatario es el verdadero propietario [...]. Por otra parte, el coste de esta forma peculiar de copropiedad es soportado por el propietario de la hipoteca en forma del interés, que es esencialmente la ganancia del banco. [...] La excéntrica materialidad de la vivienda estadounidense apalancada por una hipoteca consiste en que, aunque su forma material visible es relativamente fija, delimitada e indivisible, su forma financiera, la hipoteca, se ha visto ahora reestructurada para ser infinitamente divisible, recombinable, vendible y apalancable para los especuladores financieros, de una manera que es tan misteriosa como tóxica”[27].

Este aspecto sumamente abstracto, dividual, de la vivienda, ha sido abstraído a un grado superior mediante la introducción de un nuevo mecanismo central: el derivado es un instrumento financiero que es “derivado” del precio de otras mercancías, que por definición especula con el valor futuro posible de una mercancía. Con la complicación del derivado como una serie continua interminable de derivados de derivados, el instrumento se convirtió en una herramienta maquínica del mercado de riesgos, de las apuestas sobre riesgos. De esta suerte, las hipotecas de la vivienda también se vieron arrastradas a una enorme oleada de derivados, cuyo valor era completamente desproporcionado respecto a los valores reales de las casas.

Ante todo, la introducción de derivados específicos, que permitieron hipotecarse a muchos propietarios de casas, fue el motivo de ese gigantesco abismo entre el valor de una casa y el del derivado. La crisis de las subprime se llamó así porque los bancos concedieron préstamos hipotecarios a personas cuya calificación crediticia era subprime, es decir, de un grado bajo de solvencia. En su texto sobre “La crisis de las subprime y la especificidad de género de la trampa de la deuda”, Brigitte Young describe las condiciones sumamente generizadas y racializadas de los préstamos subprime, que contradicen el contexto de su génesis en la legislación antidiscriminatoria de la década de 1970. El acceso a créditos hipotecarios baratos para todos los estratos de la sociedad fue un campo de batalla por el “derecho civil a la propiedad“ durante décadas, pero esas políticas consideradas igualitarias y emancipatorias también prepararon el terreno para los mecanismos generizados y racializados que condujeron a la crisis y a la “trampa de la deuda”. “Lo trágico es que en el preciso momento en que las mujeres y las minorías fueron integradas al mecanismo de calificación financiera del mercado inmobiliario mediante el endeudamiento privado masivo, los grupos de menores ingresos, conforme al dicho de ‘el último en llegar, el primero en salir’, perdieron propiedad inmobiliaria altamente hipotecada debido a las ventas judiciales por impago”[28].

Así, pues, la concesión de préstamos hipotecarios a grupos de bajos ingresos puede explicarse, por un lado, remitiendo a una larga genealogía de luchas por la igualdad en relación con el derecho a la vivienda y, por otro lado, atendiendo al hecho de que, después de 1990, el sector financiero calificó con valores cada vez más altos el potencial del mercado de la vivienda en la intermediación financiera de los instrumentos derivados. Arjun Appadurai describe el modo en que los títulos respaldados por hipotecas y activos hicieron posible empaquetar mayores cantidades de hipotecas, cómo su calificación se volvió cada vez más compleja y sus enorme número se usó también para “lavar” las hipotecas subprime mezclándolas con otras hipotecas para de tal suerte poder ocultarlas. Al mismo tiempo, el instrumento de las “Obligaciones colateralizadas por deuda” (CDO) “permitió que los paquetes de hipotecas se dividieran en tramos o niveles que tenían diferentes calificaciones de crédito. Lo importante, aunque técnicamente de un tono más oscuro, es cómo los tramos de valor más alto fueron utilizados para enterrar, ocultar o disfrazar los tramos más tóxicos”[29]. Toda la arquitectura de los derivados hizo posible una enorme expansión de los volúmenes totales de crédito de las instituciones crediticias mediante esas prácticas confusionistas.

Mientras que las cosas individuales pueden quedarse en su sitio o moverse, el tráfico de los derivados se mueve en todas direcciones. Se trata de un proceso hipercomplejo de empaquetamiento y división, gobernado por combinaciones igualmente complejas entre máquinas técnicas y sociales. En comparación con el proceso de la producción industrial, podríamos decir que, aquí también, diferentes procedimientos especializados producen nuevos bienes de inversión agregando, montando y componiendo partes[30]. Sin embargo, en la lógica financiera-económica de los derivados se da también el proceso inverso: junto con la composición, el proceso de desmontaje es tan importante como la completa apertura y impredecibilidad del producto.

Para el conjunto del proceso de múltiples etapas de derivación, desmembramiento y recomposición, Appadurai se sirve de la metáfora de una casa con una hermosa vista desde el piso de arriba, pero con un sótano con goteras. Lo interesante de su descripción es el hecho de que la gotera es producida por un instrumento que desmonta muchas cosas, reordena sus partes y disimula todos los sótanos con goteras con la descripción embellecedora de unos cuantos pisos de arriba. Esa es precisamente la lógica de la dividualidad cuando atraviesa partes dividuales (en múltiples estados agregados, aquí líquidos y firmes), en vez de conectar totalidades individuales. Las hipotecas sumergidas se volvieron un desastre para muchos titulares de hipotecas en 2006 y 2007 y, por si no fuera suficiente, los derivados como instrumento financiero no sólo afectaron al sector de la vivienda, sino también a la alimentación, la sanidad, la educación, el medio ambiente y muchos más. El hundimiento de todo el sistema financiero estadounidense sólo pudo evitarse en las primeras semanas de la administración Obama mediante enormes sumas de dinero público, que llevaron a la crisis de la deuda de los Estado europeos, sobre todo Grecia.

En la interpretación estándar de la crisis financiera, los derivados son simplemente un aspecto técnico más entre otros del sector financiero, controlado por la eficiencia maquinal del mercado y el procesamiento racional de la información de los programas matemáticos: sólo que cuando los derivados escaparon de su lugar asignado, según explica la interpretación estándar, pasaron de ser un instrumento de unas pocas personas avariciosas, a una escoba mágica autoreplicante que los aprendices de brujo, los reguladores financieros, habían perdido de vista por un momento, permitiendo así que la escoba perdiera el control. Pero, del mismo modo que sería erróneo considerar las finanzas como algo separado del “mundo real” o de la “economía real”, a la que habría que volver para reestablecer la integridad moral de la economía, la idea de una máquina de derivados cobrando vida propia es una representación simplista.

Hoy la economía financiera se sitúa en el mismo plano que la producción de bienes y servicios y se infiltra en todos los procedimientos económicos. La industria del automóvil, por ejemplo, hoy depende menos de la optimización técnica de los procesos de producción que, por un lado, de las relaciones con los usuarios, basadas en la activación y los afectos y, por otro lado, de las propias sociedades financieras con las que cuenta la empresa[31]. Por supuesto, los derivados no se pueden comer, ni se puede vivir en ellos, pero el retorno aplastantemente anhelado a la economía real, a la reindustrialización, la rematerialización, no es desde luego una vía de escape practicable para una solución de las crisis múltiples del presente. El desenmarañamiento de la economía real y de la economía financiera se ha vuelto tan imposible como la separación marxiana entre ganancias industriales y ganancias ficticias o entre un sector productivo o un sector inmaterial. Antes bien, la tesis de Marazzi se centra en la financiarización como uno de los aspectos de una modulación más general, descrita aquí como capitalismo maquínico: “La financiarización no es un desvío improductivo y/o parasitario hacia el valor para el accionista y los fondos de inversión colectiva, sino más bien la forma de la acumulación de capital que corresponde a los nuevos procesos de producción y de creación de valor”[32].

Arjun Appadurai interpreta la historia de éxito de los derivados como la invención no sólo de un nuevo instrumento de las finanzas, sino también de una nueva forma de mediación. Los derivados median la distancia entre mercancía y activo financiero, que consiste en el potencial de ganancia futura de la mercancía aún no realizado. “Mediada en el mercado capitalista, la vivienda se convierte en la hipoteca; una mediación adicional hace de ella un activo financiero, que a su vez es objeto de intermediación financiera como una mercancía de precio futuro incierto. Mediada una vez más. Este activo pasa a formar parte de un título respaldado por un activo, una nueva forma de derivado, que a su vez puede ser intercambiado en su encarnación como obligación de deuda”[33]. La interpretación de Appadurai es muchos sentidos sumamente perspicaz, pero en algunos aspectos creo que sería bueno llevarla aún más lejos. La terminología de “dividualismo depredador” está demasiado marcada por la fantasía de un desarrollo lineal desde una dividualidad pre y extracapitalista, no occidental, a un capitalismo domesticado del Estado del bienestar, y luego a un capitalismo postindustrial depredador para terminar con su transformación, vagamente formulada, de un “dividualismo progresivo”. Sin embargo, por encima de todo Appadurai hace hincapié en diferentes formas de cuantificación, sobre todo en forma de monetización, en tanto que modalidad central operativa en el “dividualismo depredador”.

Desde luego, es un hecho que las finanzas contemporáneas se sirven de las formas dividuales que son producidas mediante la cuantificación. No obstante, ese hincapié en la cuantificación no deja de expresar una cierta nostalgia de la persona como un todo y una simpatía implícita por el individuo soberano de la modernidad capitalista que sólo ahora, en la crisis dividual, está en peligro de convertirse en un mero número. Pero poniendo el centro en la cuantificación se tiene en consideración sólo un aspecto de un proceso de modulación más general: la modularización de todos los procesos como cuenta, medida, estriado. Lo que esta perspectiva elude es el otro aspecto de la modulación, la modulación constante que no sólo ha de entenderse como una operación secundaria para ocultar la cuantificación, sino que tiene como resultado un efecto independiente aunque complementario: el alisado de todos los intentos posibles de reterritorialización, también los del rayado autodeterminado del tiempo y el espacio.

Lo que Appadurai llama mediation no es un procedimiento de introducción de un tercero mediador entre las diferencias, ni la inserción y la fusión de algo en el medio como en el Timeo, sino más bien un procedimiento de ajuste, alineación, de “unación” [Einelung] de la diferencia, un procedimiento de modulación. El modo de la modulación es ambos, modularización y modulación —un procedimiento de estriado, estandarización, modularización, pero al mismo tiempo también un procedimiento que se reforma permanentemente, modulándose directamente a través de las formas y los estriados, un movimiento constante de re-formación y de-formación. La modularización es una reterritorialización estriadora y una subyugación social, una clara separación y disciplinamiento de los tiempos y los espacios, la producción de módulos cada vez más detallados, la implementación de medidas estándar. La modulación, en cambio, es una desterritorialización servil y una servidumbre maquínica, una modulación inseparable, incesante, ilimitada, una invocación a la variación y el alisado del sí mismo.

Aunque la modularización y la modulación parecen describibles como procedimientos completamente opuestos, están entrelazados como doble modulación. El estriado del tiempo y el espacio en todas direcciones cada vez con mayor detalle, la medición de partes cada vez más pequeñas, reduciendo incesamente las escalas,  con la  de la medida hasta llegar a la valorización inmensurable y el alisado del tiempo y el espacio. Estratificar, estriar y contar todas las relaciones; dar forma a todos los módulos, y al mismo tiempo deslizarse de una clave a otra, traduciéndolas a lenguajes aún desconocidos, encajando todos los planos posibles.
Y ésta es también la encrucijada donde el punto de inflexión de la similitud vuelve a cobrar importancia como condición previa decisiva de la mensurabilidad. La modulación, la adaptación cualitativa es una condición de posibilidad de la cuantificación, la medición, la modularización. La introducción de la medida sólo es posible mediante procesos de similitud, procesos de asimilación y comparación, procesos de unación [Eineln]. La similitud, como aproximación y asimilación, es por encima de todo el proceso de modulación necesario para establecer nuevos modos de cuenta, estriado y modularización. La asimilación cualitativa como condición previa de la gradación cuantitativa.

Al mismo tiempo, la asimilación moduladora no funciona mediante la similitud de los individuos. De esta suerte, no se trata de un problema unilateral de lo que los pesimistas culturales denominan nivelación por abajo. Hay niveles que son simultáneamente más grandes y más pequeños, más y menos que el individuo, las líneas abstractas que atraviesan cosas individuales, escaneándolas maquínicamente y reordenando las partes con arreglo a sus similitudes: líneas dividuales, máquinas dividuales. Cuando la similitud en la medida se decanta, cuando modula en lo inmensurable, entonces, partiendo de un nexo posible de relación social, puede convertirse también en un principio de orden. Y si llega a convertirse en tal principio, entonces es reconocido —como escribe Foucault, con la vista puesta en Descartes y Deleuze— por el sano juicio”, porque éste es “la cosa mejor repartida del mundo” para la partición: “reconoce lo similar, lo exactamente parecido y lo menos parecido, lo más grande y lo más pequeño, lo más brillante y lo más oscuro”[34] y su reconocimiento es identificación, conversión de la similitud en identidad, transformación de lo potencialmente diferente en lo potencialmente mismo. Alborea una nueva “edad de la comparación”, pero completamente diferente de la caracterización que de ella da Nietzsche como “la agitación exterior, la penetración recíproca de los hombres, la polifonía de los esfuerzos” (Humano, demasiado humano, I. 1. 23): se trata más bien de una edad que comprime la polifonía en una tonalidad comparable, tratando de convertir la consonancia de lo similar en un acorde unísono.

Aquí el derivado es más que un contrato sobre el intercambio de una determinada cantidad de mercancías en un determinado punto del tiempo futuro y a un determinado precio. Es el instrumento que, a diferencia de la idea de una separación entre mercados financieros y economía real, crea la conexión de todos los sectores económicos y tipos de capital dispares, haciéndolos conmensurables y sometiéndolos a una medida común. Como escribe Randy Martin: “Sin embargo, si las mercancías se presentaban como una unidad de riqueza que podía abstraer partes de un todo, los derivados son un proceso aún más complejo, conforme al cual las partes ya no son unitarias, sino que son continuamente desmembradas y reunidas, toda vez que diferentes atributos son empaquetados y su valor supera el de toda la economía a la que en algún momento hubieran sido agregadas”. Los cambios de escala de lo concreto a lo abstracto, o de lo local a lo global, ya no son patrones externos de equivalencia. Son inherentes a la circulación de los atributos empaquetados que las transacciones con derivados multiplican y ponen en movimiento[35]. Dividualización de la economía en todas las magnitudes. La conmensurabilidad y la comparabilidad han de ser establecidas para valorizar el intercambio dividual.


Deudas queer: spread, usura, exceso

“ [...] un nuevo hábito [...] se establece insensiblemente en nosotros y será dentro de miles de años bastante poderoso quizá para que la humanidad produzca el ser humano sabio, inocente (consciente de su inocencia), con tanta regularidad como produce actualmente al humano no sabio, injusto, consciente de su falta —el antecedente necesario, no el opuesto a aquél.” (Nietzsche, Humano, demasiado humano, I. 2. 107).

Mientras que el componente individual pasa a un segundo plano en el capitalismo maquínico, la lógica patriarcal de la partición no queda en absoluto suspendida bajo las condiciones dividuales. Tal y como pudo reconocerse claramente en la crisis de las subprime, las formas de separación condicionadas por la raza, el género, lo nacional y lo geopolítico se han convertido cada vez más en medios eficaces de conseguir la diferenciación jerárquica, la escisión social y la exclusión radical. Cabe reconocer una unilateralidad extrema en las condiciones tanto para las concesiones de créditos como para las ejecuciones hipotecarias y las oleadas de desahucios desde 2007 que afectaron a los hogares que no podían pagar la hipoteca. Para Christian Marazzi, la participación potencial de todas las poblaciones, incluidas las que no podían acreditar su solvencia, es una condición previa necesaria del sistema de los derivados, que cabe comparar con “una especie de esquema Ponzi o de estafa piramidal, en la que los últimos en llegar permiten que cobren los que llegaron primero”[36]. Los mejores activos financieros de los ricos estaban respaldados precisamente por las deudas crecientes de los pobres, de tal suerte que al final los modelos matemáticos del riesgo determinaban quién disponía de un techo protector sobre su cabeza.

El sistema de los derivados y las crisis financieras y de deuda que son en buena medida su resultado han reforzado y acelerado la distribución desigual de la riqueza y han hecho del mundo del capitalismo maquínico un lugar aún más inseguro para muchos. Llevando al extremo la preponderancia de los precios de las acciones y de los dividendos, la lógica hiperproductivista de la financiarización impulsa la colonización del presente. Los derivados engendran una condición de riesgo exacerbado, de deuda, de dependencias a través de y más allá de tiempos y espacios diferentes. A la división subsistencial se agregan los efectos dividuales de la financiarización, de la apuesta por el riesgo, de las maquinaciones de los derivados en el capitalismo maquínico.

Todo esto clama por una reapropiación del presente que nos lleva al otro lado de la economía dividual. Así, pues, ¿cómo pensar una economía no basada en la propiedad individual, en la des/posesión de todos y cada uno de los individuos, sino en el uso de la línea abstracta-dividual para componer nuevas formas de socialidad? Una economía que implica formas de distribución distintas de los dividendos, del reparto de ganancias para los accionistas: un dividendo más allá del ámbito de las medidas y las métricas, de la modularización y la modulación, del número y del código, donde lo que se reparte no está bien ordenado por el “sano juicio”, como la “mejor distribución”, sino más bien como una distribución cada vez más amplia y salvaje, spread, dispersión, logisticality, proliferación de riqueza social? ¿Y si Deleuze y Foucault estuvieran errados, y si la similitud pudiera decantarse de nuevo, ya no eternamente marcado como traidora de la diferencia inmensurable y como transición hacia la mensurabilidad, sino como potencial de una dividualidad resistente?

En 1933, el año en que los nacional-socialistas tomaron del poder en Alemania, Walter Benjamin escribió un breve ensayo de poco más de cinco páginas, titulado “Doctrina de lo similar”. Aunque el título parece aludir a un tratado más extenso, por su intensidad y su riqueza conceptual el texto no decepciona. Benjamin no menciona el tiempo político al que el texto hace referencia, sino que señala la “poderosa compulsión a volverse similar y a comportarse miméticamente”. Desde el punto de vista de la psicología del desarrollo, esto le sucede al niño que se adapta progresivamente a su entorno territorial; y desde el punto de vista de la historia cultural, a la compulsión de adaptarse en comunidades limitadas; desde el punto de vista de la historia contemporánea, a la estética fascista de una similitud instrumental y niveladora, que sirve de transición a la unanimidad, al cierre totalizador. Sin embargo, en vez de rechazar categóricamente, habida cuenta de esas evidencias, un concepto de similitud que obliga a la adaptación, Benjamin contrapone a esa compulsión de adaptación, de asimilación, de aquiescencia, que serían producidas a través de la similitud, un concepto de similitud que no se deja doblegar. Llama a esa similitud la similitud no sensitiva, a la que atribuye la capacidad de crear “tensiones”.

Para inventar el otro lado de la economía dividual, esta decantación de la similitud desde la compulsión a adaptarse a algo que no se deja doblegar es de una enorme importancia. Hay diferentes respuestas y primeras propuestas conceptuales para desarrollar luchas por esa forma de la similitud, por una similitud que no sirve para entregar lo no mensurable al orden cuantitativo de la equivalencia. Lo que estas propuestas tienen en común es que se aventurar en un terreno incierto y no pueden ni quieren anticiparse a las prácticas de una economía dividual.

Christian Marazzi señala las contradicciones productivas entre los derechos de propiedad social y los derechos de propiedad social. La fórmula 2 + 28, que es habitual en los contratos hipotecarios, por ejemplo, significa que el interés hipotecario de los primeros dos años refleja el valor de uso, para que durante los 28 años siguientes quede dominado por el valor de cambio. La práctica de los primeros dos años es un indicador del derecho a la vivienda, que queda negado hasta los extremos más brutales en los años siguientes. “De esta suerte, la lógica financiera produce un común, que luego divide y privatiza mediante la expulsión de los ‘habitantes del común’ por medio de la creación artificial de todos los tipos de escasez: de medios financieros, liquidez, derechos, deseo y poder”[37]. Contra esas consecuencias violentas, han cristalizado nuevas formas de resistencia y prácticas instituyentes, tales como Strike Debt en Estados Unidos o las protestas contra los desahucios y las ocupaciones de viviendas de la Plataforma de afectados por la hipoteca (PAH) en España[38]. Precisamente ese derecho a la vivienda, junto al endeudamiento de las personas que reclaman ese derecho, se ha traducido no sólo en resistencia colectiva y apoyo mutuo contra los desahucios, sino también en prácticas cotidianas moleculares que dan la vuelta al concepto de deuda. Esa inversión cobra varias formas conceptuales, que en el enfoque de Marazzi es la de la “renta social”: “Dicho de otra manera, si hasta hoy el acceso a los bienes comunes ha cobrado la forma de la deuda privada, en lo sucesivo es legítimo concebir (y reclamar) ese mismo derecho en forma de una renta social. En el capitalismo financiero, la renta social cobra la forma de redistribución, el modo en el que la sociedad concede a cada cual el derecho de vivir con dignidad. En cuanto tal, la renta garantizada puede articularse en muchos terrenos, sobre todo el de la educación y el acceso al conocimiento en forma del derecho a una renta garantizada de educación”[39].

Detrás de estas reivindicaciones de renta social y de inversión de la deuda hay también una idea de división subsistencial, en la que una forma específica de endeudamiento mutuo se torna ineluctable. Sin duda, la deuda es el primer medio de amarrar las personas a las máquinas, de doblegar los caracteres aquiescentes, que cuanto antes se emplea, más eficaz resulta. Sin embargo, al mismo tiempo la deuda es también un terreno de revolución molecular[40]. Stefano Harney y Fred Moten entienden la deuda en este sentido, como una componente de la mutualidad y de la socialidad, a diferencia del préstamo asocial, que es el medio de la privatización: “No es crédito lo que buscamos, tampoco deuda, sino la deuda mala, que es la verdadera deuda, la deuda que no se puede pagar, la deuda a distancia, la deuda sin acreedor, la deuda negra, la deuda queer, la deuda criminal. La deuda excesiva, la deuda incalculable, la deuda por nada, la deuda más allá del crédito, la deuda como su propio principio”[41]. En la lengua alemana, con su profundo entrelazamiento de los términos de culpa y de deuda [Schuld und Schulden], tal vez resulte aún más difícil formar un concepto paradójicamente positivo de deuda “mala” o ”queer”. Se trata aquí de algo que va más allá del concepto de renta social, que —sin dejar de ser pertinente— sigue siendo una reivindicación al Estado, una reivindicación de la redistribución mediada por el Estado. El concepto de deuda queer se basa en el endeudamiento mutuo (sin rendirse al concepto moral de deuda como culpa), y al mismo tiempo significa una práctica ofensiva del incurrir en deudas, del exceso de deudas sin tener consideración las ganancias.

“La deuda impagada, por decirlo brevemente, albergan la posibilidad de ‘vivir por encima de las propias posibilidades’ cuando los medios de re/producción ya no son fáciles de conseguir”[42], escribe Angela Mitropoulos sobre la extensión de la deuda como una crisis potencial del porvenir capitalista. Analiza la sorprendente reaparición del término usura en los discursos morales de la crisis desde 2007 como una alusión a deudas que son denunciadas como desmesuradas, exageradas e ilegítimas, porque su reembolso no está garantizado. Mientras que la deuda potencialmente reembolsable intenta hacer del futuro una versión calculable del presente, el regreso del pecado medieval de la usura implica un riesgo incalculable, incognoscible y potencialmente inflacionario[43]. En su estudio, Mitropoulos vincula esta usura del riesgo con prácticas y narrativas de contagio en el mundo de las finanzas. Mientras que la imbricación de las instituciones financieras solía ser considerada un seguro mutuo contra las sacudidas de liquidez, después de las crisis financieras de 1997 en parte de Asia y de las múltiples crisis desde 2007, ahora es considerada por el contrario como un peligro de propagación epidémica de activos tóxicos y de riesgos subjetivos. En los discursos sobre la creación de valor “contra natura” o “antinatural”, de la “ausencia de productividad” y de la “acumulación mágica de dinero”, hay una resonancia del peligro perturbador del ingreso de la inmoralidad en la economía. Sin embargo, más allá de la recuperación atorada, exagerada y en parte antisemita, del discurso moral sobre la usura, sobresale el peligro epidémicos de las deudas queer. De hecho, el tema de la usura alberga también la preocupación de una socialidad viral y de una extensión contagiosa, en definitiva, de la proliferación de una “usura desde abajo”:  “La usura vive en los poros de la producción porque es allí donde muchos viven o intentan vivir”[44].

Asimismo, Mitropoulos hace hincapié en el significado subsistencial de las deudas: “[...] se trata ante todo de deudas entendidas como la interdependencia irreductible, incalculable, de compartir un mundo”[45]. Esta potencialidad del endeudamiento mutuo, del contagio y de la dispersión en el espacio y el tiempo, es lo que Randy Martin busca, no sólo en la transformación de las deudas en renta social, deudas queer o usura queer, sino también en el centro mismo de la financiarización, directamente como un potencial social de los derivados. Si los derivados empaquetan partes que subsisten a gran distancia unas de otras, entonces se plantea de inmediato la cuestión de por qué y cómo ese rasgo específico de los derivados puede ser trasladado a dominios distintos de la economía, por qué y a qué objeto precisamente lo incalculable, lo derivado, puede ser concebido como la base de la riqueza social. Martin formula su respuesta  en tres partes: primero, para concebir lo fragmentado, disperso, aislado, como algo interconectado sin aparecer como un todo unificado —ésta es la cuestión apremiante de la concatenación de las singularidades en la producción dispersa, con la imagen tradicional de Marx de los pequeños campesinos como patatas: de una recomposición política de las patatas dispersas que ahora ni siquiera terminan una junto a otra en un saco de patatas; segundo, para articular el valor de uso de nuestro trabajo en medio de la fugacidad, la inestabilidad y la volatilidad —y aquí Martin condensa la composición técnica de la producción como algo que está radicalmente en movimiento; tercero, para reconocer a la agencia de arbitraje, las pequeñas intervenciones en el desarrollo, en la escritura de los derivados, intervenciones que son pequeñas pero sin embargo marcan una diferencia, introduciendo un “riesgo generativo” sobre el telón de fondo de un “fracaso generalizado”[46].

A juicio de Martin, el interior del campo tradicional de la economía nunco hubo de ser concebido como el terreno de la expansión y el predominio de los derivados. Por el contrario, Martin intenta describir los derivados como algo exterior a la economía, que condujo a la crisis de la economía y de la ciencia económica, a un retroceso de su imperio, donde los derivados terminan siendo sus enterradores. Si los derivados llevan a cabo la desposesión del sí mismo y de la propiedad, entonces también el venerable individualismo posesivo termina en la sepultura. Con las crisis de la última década, la economía se hace cada vez más añicos, y los derivados son al mismo tiempo el catalizador y el objeto de esa desintegración: “Los derivados surgen de esa grieta, haciendo que lo político sea inseparable de la creación de riqueza, disuelven la facticidad de las poblaciones nacionales y abren a otras perspectivas de asociación mutua”[47]. A diferencia de la concepción tradicional de los derivados como una ruptura fantasmal del tiempo lineal y como la colonización del futuro, se trata más bien de movimientos laterales y nuevas concatenaciones de espacios. La socialidad derivada se presente como transnacional en sentido fuerte —más allá de la nacionalidad, como una perspectiva de una forma de concatenación completamente diferente en al ámbito planetario. “Aunque los derivados son concebidos en un lenguaje de futures y forwards, de la anticipación para el presente de lo que habrá de venir [...] el acto de empaquetamiento de atributos apunta a una orientación en todas direcciones, que es un efecto de la interconmensurabilidad“[48]. La línea abstracta de los derivados se mueve en todas direcciones, como una desterritorialización del límite, como una concatenación maquínica-dividual de partes que no encajan entre sí. Por el contrario, la temporalidad de la lógica social de los derivados no es tanto la anticipación del futuro como futures, sino más bien un presente expandido que se despliega en un intercambio multilateral y mutuo en el aquí y ahora.

No es necesario suscribir en su totalidad la interpretación esperanzada de Randy Martin para entender los derivados tal vez no tanto como una promesa de salvación, sino más bien como síntomas de un cambio que engendra nuevas aperturas —sin garantía alguna de que esas aperturas desemboquen en formas completamente nuevas de partición y participación dominante, o en modos de existencia en los que, con razón, Martin reconoce la lógica social de los derivados como “un exceso que es liberado pero nunca completamente absorbido, un ruido que no ha de ser silenciado, deudas que figuran en el balance pero que no pueden ser saldadas”[49]. Si los muchos se escabullen de las presas del crédito, líneas de fuga se abren y se extienden en el campo de inmanencia del capitalismo maquínico, que hace proliferar las deudas malas —¿por qué no correspondería mostrar a la dividualidad de los derivados que en el modo mismo de la modulación surgen modalidades de subjetivación que se sustraen a la aquiescencia?

 

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[1] Gilles Deleuze, “Post-scriptum sobre las sociedades de control”, Conversaciones, trad. de José Luis Pardo, Valencia, 2006. Para una adaptación actual de esa secuencia, véase también Tiziana Terranova, “Red Stack Attack! Algorithms, Capital and the Automation of the Common”, Euronomade, 2014, http://www.euronomade.info/?p=2268.

[2] Comparto el concepto de capitalismo maquínico y sus líneas genealógicas (el “Fragmento sobre las máquinas de Marx”, su desarrollo postoperaista y ante todo la teoría de lo maquínico de Félix Guattari) con Matteo Pasquinelli (véase, por ejemplo, “Capitalismo macchinico e plusvalore di rete: note sull’economia politica della macchina di Turing”, en Gli algoritmi del capitale. Accelerazionismo, macchine della conoscenza e autonomia del comune, Verona, Ombre Corte, 2014, pp. 81–102), aunque preferiría no situar el concepto en el contexto de la corriente teórica del aceleracionismo. La confusión entre, por un lado, la afirmación resistente de líneas de fuga específicas y rigurosamente definibles en el campo de inmanencia de las configuraciones contemporáneas del capitalismo, con, por otro lado, el optimismo ingenuo de una aceleración y una superación generalizadas del capitalismo, no sólo se basa en una incomprensión en lo que atañe a los fundamentos teóricos de lo maquínico, mencionados más arriba, sino también en ideas simplificadas de la linealidad de la Historia y de la desterritorialización absoluta del tiempo. Véase también la crítica de Franco Berardi, Bifo, “L’accelerazionismo in questione dal punto di vista del corpo“, ibid. pp. 39–43.

[3] Stefano Harney, Fred Moten, Undercommons, Fugitive Planning and Black Study, Nueva York, Minor Compositions, 2013, p. 88.

[4] Eslogan central de Facebook, aquí en la versión en castellano: https://es-es.facebook.com/

[5] Michel Foucault, Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber, trad. de Ulises Guiñazú, México DF, Siglo XXI, 1984.

[6] Ibid.

[7] Ibid.

[8] Ibid.

[9] Felix Stalder, “Autonomy and Control in the Era of Post-Privacy“, Open, núm. 19, p. 82.

[10] Michel Foucault, La voluntad de saber, cit.

[11] Gilles Deleuze, Félix Guattari, Mil Mesetas, trad. de  José Väzquez y Umbelina Larraceleta, Valencia, Pre-textos, 2010.

[12] Ibid.

[13] Gilles Deleuze, “Post-scriptum...”, cit.

[14] Ibid.

[15] Ibid.

[16] Stefano Harney, “Istituzioni algoritmiche e capitalismo logistico”, trad. del inglés de Matteo Pasquinelli, en Matteo Pasquinelli (ed.), Gli algoritmi del capitale, cit. pp.116-129.

[17] Ibid., p. 121.

[18] Christian Marazzi, Verbranntes Geld, trad. del italiano de Thomas Atzert, Zurich, Diaphanes, 2011, pp. 57 y ss..

[19] Stefano Harney, “Istituzioni algoritmiche e capitalismo logistico“, cit., pp 125 y ss.

[20] Randy Martin, Knowledge Ltd: Toward a Social Logic of the Derivative, Philadelphia, Temple University Press, 2015. Gracias a Randy Martin por haberme facilitado la lectura del manuscrito del primer capítulo.

[21] Harney/Moten, Undercommons, cit., pp. 87-99.

[22] Véanse los conceptos de cisne “blanco” y “negro” de Nassim Nicolas Tayeb (el primero representa la perfecta confirmación de la predicción, mientras que el segundo representa la condición ideal de lo improbable), en Der Schwarze Schwan: Die Macht höchst unwahrscheinlicher Ereignisse, trad. del inglés de Ingrid Proß-Gill, Munich, Hanser, 2008.

[23] Véase Elie Ayache, The Blank Swan. The End of Probability, Hoboken, Wiley, 2010.

[24] Harney/Moten, Undercommons, cit., pp. 92 y ss.

[25] Angela Mitropoulos, Contract and Contagion. From Biopolitics to Oikonomia, Wivenhoe/New York/Port Watson, Minor Compositions, 2012, p. 216.

[26] Arjun Appadurai, “The Wealth of Dividuals in the Age of the Derivative“, manuscrito inédito, distribuido en el marco de un proyecto colectivo más amplio sobre The Wealth of Societies. Gracias a Arjun Appadurai y a Randy Martin por facilitarme la lectura del manuscrito.

[27] Ibid.

[28] Brigitte Young, “Die Subprime-Krise und die geschlechtsspezifische Schuldenfalle“, Antworten aus der feministischen Ökonomie auf die globale Wirtschafts- und Finanzkrise, Berlín, Ebert-Stiftung, 2009, pp. 15–25, aquí p. 25.

[29] Arjun Appadurai, “The Wealth of Dividuals...”, cit.

[30] Véase Martha Poon (citada en Christian Marazzi, Verbranntes Geld, cit., p. 36), que describe a los actores “en el curso de la producción” de los derivados como “corredores de préstamos hipotecarios, en contacto directo con los consumidores, los intermediarios que compran al por mayor y reúnen agregados de crédito en conformidad con las especificaciones de las instituciones financieras y los fondos de riesgo que, al final de la línea, proporcionan el capital y, por último, las agencias de calificación, que determinan si la composición de las carteras de activos satisfacen sus criterios de calidad”.

[31] Christian Marazzi, Verbranntes Geld, cit., pp. 28 y 58.

[32] Ibid., p. 49.

[33] Arjun Appadurai, “The Wealth of Dividuals in the Age of the Derivative“, cit.

[34] Michel Foucault, “Theatrum philosopicum“, en Gilles Deleuze, Michel Foucault, Der Faden ist gerissen, trad. del francés de Walter Seitter y Ulrich Raulff, pp. 21–58, aquí p. 41.

[35] Randy Martin, Knowledge Ltd,, cit.

[36] Christian Marazzi, Verbranntes Geld, cit., pp. 40 y ss.

[37] Ibid., pp. 41 y ss.

[38] Ada Colau, Adrià Alemany, Vidas hipotecadas.  De la burbuja inmobiliaria al derecho a la vivienda, Madrid, 2015.

[39] Christian Marazzi, Verbranntes Geld, cit., p. 96. Véase también al respecto Tiziana Terranova,

“Red Stack Attack!“, cit., que propone el concepto de Red Stack como programa para la “invención de algoritmos sociales constituyentes” y de innovación sociotécnica en el tres planos del dinero virtual, las redes sociales y los bio-hipermedia.

[40] Sobre los significados múltiples de la(s) deuda(s), véanse Gilles Deleuze, “Postskriptum über die Kontrollgesellschaften“, cit., sobre todo p. 260: “El ser humano ya no es el encerrado, sino el endeudado”; el estudio, que se apoya en Marx, Nietzsche y Deleuze/Guattari, de Maurizio Lazzarato, La fábrica del hombre endeudado, trad. de Horacio Pons, Buenos Aires, Amorrortu; así como Randy Martin, “Mobilizing Dance. Toward a Social Logic of the Derivative”, en Gerald Siegmund / Stefan Hölscher (eds.), Dance, Politics & Co-Immunity, Zurich/Berlin, Diaphanes, 2013, p. 211: „[…] los vínculos sociales del endeudamiento son la base del compromiso político“.

[41] Harney/Moten, Undercommons, cit., p. 61.

[42] Angela Mitropoulos, Contract and Contagion, cit., p. 228.

[43] Ibid., p. 209.

[44] Ibid., p. 216.

[45] Ibid., p. 229.

[46] Véase Randy Martin, Knowledge Ltd, cit.

[47] Ibid.

[48] Ibid.

[49] Ibid.